Cuando Ana Leticia salió al exterior, después de la pequeña discusión que había tenido con el capitán frente a las cámaras de seguridad, comprobó que, en efecto, la tormenta había llegado. Se había cernido sobre ellos con violencia. El barco había tomado un rumbo diferente para intentar evitarla, pero el capitán le había dicho, en cuanto salió detrás de ella:
—Las tormentas tienen vida —le dijo—. De todas formas, ni siquiera es la tormenta más fuerte que ha enfrentado el Invictus. Y como dice su nombre, aún sigue invicto. No se preocupe, que todo va a salir bien. Solo relájese. Pero eso sí, regrese al camarote. Es mejor que no vuelva a salir.
—¿Por qué? ¿Va a aislarme ahí como si fuera la prisión?
El hombre la miró mal.
—No. Porque el barco va a empezar a balancearse.
Entonces sonó una fuerte alarma por todo el lugar. Ana Leticia pensó que era un poco dramática; seguramente la gente se asustaría al escucharla. Pero entonces apareció la voz del primer oficial, el amigo del capitán:
—Habla el primer oficial al mando del Invictus. Como pueden observar, a babor nos ha alcanzado una fuerte tormenta. No se preocupen, no es una tormenta de la que debamos preocuparnos, no representa ninguna amenaza para el barco ni su supervivencia. Pero aun así, les pedimos amablemente a todas las personas que ingresen al interior del barco. Si están en los casinos, regresen a sus camarotes. Abandonen ahora las piscinas del exterior. En lo posible, regresen a sus habitaciones. Según los estimados, la tormenta terminará cerca de la medianoche, y a partir de ahí se reanudarán todas nuestras operaciones con normalidad. Cualquier duda, comuníquense a la línea interna o pidan ayuda a algún m*****o de la tripulación. Regresen con cuidado al interior del barco.
Ana Leticia no era tonta. Sabía que las palabras del primer oficial lo único que pretendían era evitar una entrada en pánico de los turistas. Pero, en efecto, la tormenta era más peligrosa de lo que querían hacer ver. La noticia la había visto. No era idiota. Aunque no sabía mucho de barcos, sabía de aviones. Había estudiado lo suficiente para ser una buena azafata y auxiliar de vuelo. Le habían enseñado sobre tormentas, y sabía que esa no era para nada segura.
Quiso guardar la calma. El Invictus era un enorme barco, diseñado para soportar cosas como esas. Probablemente no pasaría nada. Esperaba que no pasara nada.
Entonces corrió hacia el camarote. Su colchón estaba perfectamente tendido en el suelo, y se sentó en él. Observó, a través de la pequeña ventana que estaba sobre la cama del capitán, cómo la tormenta llegaba. Y cuando los golpeó, lo hizo con tal violencia que el barco se sacudió levemente. Lo hizo despacio, tal vez muy despacio. Muchas personas dirían: "No, no es para tanto". Pero Ana Leticia sabía que el barco era demasiado grande, y si aquella ola lo había sacudido de esa forma, era porque era una ola grandísima.
Aquello le recordó el momento en el que casi muere en el avión, cuando tuvo que pilotar con su amiga embarazada y en trabajo de parto. Y tuvo miedo. No por el hecho de la tormenta, sino por el hecho de que su miedo la paralizara, como lo había hecho en anteriores ocasiones. No podía permitirlo. Respiró pausadamente, como lo había hecho antes, como lo había hecho miles de veces. Y aquello le había ayudado.
Pero los truenos y las olas golpeando el casco del barco le impedían concentrarse con claridad. No supo cuánto tiempo pasó, pero en efecto, la tormenta se hizo violenta. El barco se sacudía, pero todas las cosas que tenía el capitán en su habitación no se caían. Parecía que estaba acostumbrado a aquellos movimientos.
Cuando la puerta se abrió, un par de horas después, el capitán apareció. Ya había caído la noche. Traía una pequeña bolsita en la mano, y su cuerpo estaba completamente empapado. Seguramente la lluvia lo había mojado por los pasillos antes de llegar a su habitación. Comenzó a desnudarse frente a Ana Leticia, y ella le apartó la mirada a su escultural cuerpo cicatrizado. Dentro de la bolsita había una pequeña hamburguesa y una gaseosa.
—Imaginé que no habías ido a cenar.
Ana intentó decir algo, pero el barco se sacudió y tuvo que agarrarse con fuerza a una saliente para no caer.
—¿Estás asustada? —dijo él, más bien un poco burletero, como si disfrutara del miedo que recorría el cuerpo de la muchacha.
—Claro que tengo miedo. ¡Es una terrible tormenta en medio del océano Pacífico!
—Créeme, no has vivido realmente lo que es una terrible tormenta. Esto no es nada. Mejor duerme, que mañana hay muchos más baños para limpiar.
El hombre se quedó en ropa interior, entró al baño para lavarse los dientes y luego, como si fuese la cosa más normal del mundo, se metió entre las sábanas. Pero la tormenta no hizo más que empeorar, tanto y a tal punto que el capitán tuvo que ponerse de pie. Se sentó en el borde de la cama y observó a través de la ventana.
—¿Recuerdas que te dije que no había nada de qué preocuparte? —le preguntó mientras se ponía unos zapatos.
Ana Leticia asintió.
—Pues me retracto. Creo que ahora sí tienes de qué preocuparte.
Encendió su linterna y salió del camarote. Ana se quedó ahí, aterrada. Pero no quería quedarse sola. Así que se puso de pie y salió corriendo detrás del capitán. Los pasillos estaban resbalosos. Las olas golpeaban con tanta fuerza el casco que llegaban hasta donde ellos estaban y los empapaban. Cuando llegaron al puente de mando, estaban completamente empapados. El cabello de Ana Leticia goteaba. Había gran parte de la tripulación en el puente, la mayoría de los que no estaban de turno esa noche y habían ido a dormir estaban en pijama en el lugar.
—Actualización de la situación —pidió el capitán a su amigo, el primer oficial.
—La tormenta aumentó. Cambió de categoría.
—¿Pero por qué no nos avisaron los equipos en tierra? Ellos debieron haber detectado eso hace mucho tiempo. Pudieron habérnoslo dicho.
El primer oficial se volvió hacia su amigo. La voz le tembló un poco cuando habló.
—Sí, debieron haberlo hecho. Pero no pudieron comunicarse con nosotros… porque la radio desapareció.