12.

1052 Palabras
Ana Leticia pudo ver cómo la cara del capitán cambió de repente. Abrió los ojos y luego la boca para decir algo, pero de ella no salía ninguna palabra. Luego tuvo que aclararse la garganta para poder encontrar las palabras que necesitaba expresar. —¿Cómo que desapareció? —gritó con rabia—. ¡El radio no puede desaparecer así de repente! —Así como te lo estoy diciendo —le dijo el primer oficial. Ana Leticia estaba empapada. Las olas que golpeaban con fuerza el barco lanzaban agua por los pasillos, y ella estaba comenzando a tiritar. —No puede ser, no puede ser… —decía el capitán una y otra vez mientras caminaba por el puente de mando—. ¡Quiero que encuentren ese maldito radio ahora! Pero nadie se movió. Su amigo, el primer oficial, caminó hacia donde él estaba y lo apretó con fuerza por el hombro. —Ya te lo dije, lo buscamos. No está. Tampoco están los radios de repuesto en el almacén. Por eso, desde tierra no pudieron avisarnos. La tormenta ha aumentado su nivel. Lo siento… Vamos a tener que enfrentar esto ahora, y ya después veremos lo del radio. —Es verdad —dijo el capitán, lanzando un gran suspiro y recuperando de repente la entereza que había perdido—. Miren todos, será una noche muy larga —les dijo—. Quiero que estén preparados. La tormenta es más fuerte de lo que pensamos, pero el Invictus va a sobrevivir, como lo ha hecho en muchas otras ocasiones. Así que… ¡a trabajar! Todos se pusieron en marcha. Ana Leticia pudo sentir cómo los motores del barco comenzaron a ronronear con fuerza para alejarse de la tormenta lo más rápido que pudieran, pero el contoneo ya la tenía un poco mareada. El capitán miró a uno de los tripulantes. —Quiero que envíen la información. No asusten a los pasajeros. Solo díganles que regresen a sus habitaciones porque la tormenta será un poco movida, pero que todo está bajo control. —Siempre me aterraba eso —dijo Ana Leticia, sentándose en una de las pequeñas sillas que estaban en la esquina. Su cara comenzaba a palidecer. —¿Qué? —le preguntó el capitán, un poco desesperado, como si estuviera harto de tenerla ahí. Tal vez así fuera. —Cuando las cosas se están saliendo mal… siempre tratan de engañar a los pasajeros. —No voy a permitir que haya un pánico por todo el crucero —le dijo el hombre con firmeza—. Y te recomiendo que regreses al camarote lo antes posible. —No… no voy a ir para allá sola. —Tranquila. Te acompañaré en unos minutos. No hay nada que ninguno pueda hacer aquí más que alejarnos de la tormenta. Ana Leticia se puso de pie. Pero sinceramente, tenía todo menos ganas de irse sola para el camarote. Tenía miedo de encontrarse a la mujer rubia por el camino… a la psicópata. Tal vez ella se robó los radios —murmuró para sí misma. Y se preguntó qué clase de psicópata sería el capitán Gabriel si atraía a mujeres así a su vida. Ni siquiera quiso preguntárselo. Las olas se sentían más fuertes que en el momento en el que habían llegado. Subían con tanta violencia que empaparon a Ana Leticia por completo en agua salada. Cuando llegó al camarote y cerró la puerta detrás de sí, suspiró un par de veces, muerta del miedo. Se metió a la ducha antes de que todo se fuera al traste, y trató de limpiarse el agua salada. Luego salió, se vistió con su pijama y se sentó en el borde de la cama. El barco se movía con fuerza, y eso la asustó. ¿Cómo un barco tan grande podía moverse con tanta violencia? Estaba segura de que los pasajeros en ese momento estarían bastante asustados, así como lo estaba ella. —No puede ser, no puede ser… —dijo, cuando la acometieron los recuerdos. El recuerdo de ella pilotando el avión. De su amiga a su lado, embarazada… y aquello le generó un sentimiento profundo en el estómago, una mezcla de desazón y miedo. Ahora no podía estar pasando… Su fobia a volar no podía estarse transformando ahora en fobia a navegar. Porque estaría atrapada muchas semanas en ese barco, al menos mientras lograran llegar a la supuesta isla en donde podría desembarcar. Tenía que concentrarse, tenía que respirar y calmarse… aunque no quisiera hacerlo. Aunque no pudiera hacerlo. Quiso tener algo de sus amigos cerca. Pero ella misma había tomado esa decisión. Había decidido trabajar para la Asociación porque pensó que sería un trabajo más tranquilo. Pero ahora se daba cuenta de que tal vez había sido un error. Tal vez lo mejor pudo haber sido haberse convertido en mensajera, como lo que supuestamente era ahora, sosteniendo aquella mentira frente al capitán. Convertirse en mensajera no la hubiese llevado a aquel barco… temerosa, a punto de ahogarse, rodeada de enemigos, de peligro. Se preguntó, entonces, si en algún momento de su vida podría llegar a encontrar la estabilidad. Porque nunca la había tenido. Ciertamente, ahora que lo pensaba, para altísimo había sido una buena persona. Tal vez era el karma lo que estaba pagando. El barco se sacudió con violencia. Algunas de las cosas que tenía el capitán sobre la alacena cayeron al suelo y rodaron. Y ella se abrazó a sí misma. ¿Por qué estaba sintiendo tanto miedo? Podía sentir que era algo que iba más allá de la tormenta, o del miedo a que el barco naufragara. Era algo profundo… como si su cuerpo, aprovechándose de aquella situación, dejara escapar todos los traumas que tenía amontonados en el pecho. Cuando la puerta se abrió, el capitán entró sin camisa, con ella goteando en la mano. —La tormenta empeora —le dijo. Pero en cuanto vio la cara de terror que tenía Ana Leticia, apretó los ojos. —¿Estás bien? —preguntó con paciencia. Y ella quiso decirle que sí, que estaba bien… lanzarse al colchón en el suelo y quedarse dormida hasta que salieran de la tormenta. Pero no pudo hacerlo. Sus ojos se llenaron aún más de lágrimas. —Perdón —le dijo—, pero necesito ayuda.
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