El capitán se quedó ahí, de pie, ante la confesión de Ana Leticia, y la miró sobrecogido. Ella se abrazaba a sí misma.
—¿Qué está pasando? —preguntó, más bien confundido, sin saber qué era lo que sucedía.
Ella se abrazó nuevamente. El barco se sacudió con tanta violencia que el mismo capitán tuvo que agarrarse al borde de la entrada del baño para no caer.
—Tengo miedo —dijo únicamente, con la voz entrecortada.
El capitán avanzó hacia ella y se sentó a su lado, en el borde de la cama.
—Sí, es una tormenta peligrosa, pero estaremos bien. El Invictus ha sobrevivido a tormentas más grandes que esta. Enviamos a todo el mundo a sus habitaciones para que tal vez no se lastimen con el balanceo. Pero bueno, en unas cuantas horas todo estará bien.
Pero Ana Leticia sabía que no, que nada estaría bien. Porque seguía atrapada allí, en el barco. Porque tenía miedo. Porque había mentido tanto en tan poco tiempo que se sentía como una versión antigua de ella: la versión fría y manipuladora. Y odió convertirse en esa mujer. Odió que el camino que había tomado buscando su propia redención la hubiese llevado a convertirse nuevamente en una mentirosa, en una tránsfuga.
Pero no podía hablar de eso con el capitán, porque tal vez el hombre la asesinara y luego la lanzara por la borda para que no revelara sus oscuros secretos. Era la única en el barco que tenía la información de que aquel hombre ocultaba algo. Claro, lo ocultaba. Ella misma lo había escuchado en la radio, cuando se escondió en el puente de mando. Pero en ese momento no sabía qué sentir.
Tantas emociones, encontrándose una contra la otra, le produjeron incluso náuseas. O tal vez era el balanceo del barco, que le impedía contener el contenido de su estómago dentro.
Y entonces, cuando menos lo pensó, el brazo del capitán la rodeó por los hombros. Se quedó paralizada ese instante, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. El hombre la estaba abrazando. Tal vez era un intento de consuelo. Pero ella tuvo miedo. Quiso apartarle la mano con brusquedad, pero temió la reacción de él. Temió que se comportara como el psicópata que supuestamente era.
Su brazo era largo, fuerte y cálido. Y no sé por qué, pero sabía que debajo del colchón estaban los reportes de periódico que indicaban que aquel hombre era un psicópata. Tal vez, en ese sentido, se sintió un poco más relajada.
—Va a ser una larga noche —dijo el hombre.
—Deberías estar en el puente de mando. Eres el capitán de este barco.
—Mi primer oficial está allá —dijo él como si nada, mientras seguía apretando el cuerpo de Ana Leticia contra el suyo—. El barco está siguiendo su curso automático. No hay nada que yo pueda hacer, o que nadie pueda hacer, más que esperar que la tormenta no sea más rápida que los motores de este barco. Y ya. Pero yo presiento que eso no es lo único que te preocupa, ¿no es así? ¿Qué pasó con la radio? ¿Por qué ha desaparecido?
El capitán no contestó en un largo segundo.
—No lo sé, pero lo voy a averiguar —le respondió con extraña fuerza, como si quisiera imprimirle algún mensaje.
Ana trató de apartarse de él.
—¿Estás insinuando que... pues yo? —le preguntó con rabia.
Él se encogió de hombros.
—No suelo confiar rápido en las personas. Mucho menos en una polizona de mi crucero que no ha hecho más que decirme mentiras.
—Yo no te estoy diciendo mentiras —dijo ella, en un tono calmado para intentar que su voz sonara tranquila. Porque lo cierto es que sí le estaba diciendo mentiras. Pero no las mentiras que el capitán creía.
—Tú subiste a ese sufragio, pero te quedaste atrapada antes de huir, ¿no es así?
El barco se sacudió nuevamente y Ana no pudo evitar juntarse un poco más al capitán, de una forma inconsciente. El hombre no la apartó.
—Ya te lo dije. Solo subí de mensajera.
—Qué conveniente que no puedas llamar a tierra firme para averiguar por ti misma ahora que la radio desapareció. ¿Por qué no lo habías hecho? —le preguntó ella con sarcasmo.
El hombre no contestó. Deslizó despacio su mano por detrás del hombro de Ana, la tomó por el mentón para que lo mirara directo a la cara.
Ana pudo verlo. Hermoso. Qué humano. Atractivo. Se preguntó cómo alguien con un rostro tan perfecto, cincelado por los ángeles, podía ser un asesino. Pero lo comprobó cuando las palabras del hombre le dijeron:
—¿Sabías lo de aquel baile que supuestamente esa mujer tendió a decirme? Pareces cualquier cosa menos una mensajera. Créeme que voy a descubrir lo que ocultas, tarde o temprano. Y si veo que amenazas la seguridad mía, de mi tripulación o de cualquier pasajero, no dudes que voy a tomar las medidas que sean necesarias para detenerte. ¿Piensas que dormir en este camarote es una coincidencia? ¿En serio creíste la historia de que no existe otro lugar para ti? No, dormirás conmigo el tiempo que pases sobre este barco. Porque yo mismo voy a vigilarte. Porque yo mismo voy a observar cada uno de tus movimientos, Ana.
Cuando pronunció su nombre en sus labios, Ana Leticia se estremeció. Había muchas cosas que pudo haber dicho, a rojo del carácter que la caracterizaba. Pero no podía delatarse. Podría decirle que ella tampoco confiaba en él ni en su buena voluntad. Pero eso la delataría. Así que simplemente se soltó, con brusquedad, del agarre del capitán y luego lo miró a los ojos.
—Buena suerte intentando encontrar algo que no existe.
Se bajó de la cama del capitán y se sentó en el colchón, en el suelo, justo donde había guardado los periódicos. No quería que, por accidente, por el movimiento del barco, estos salieran y el hombre los viera. Tenía que deshacerse de ellos a la mañana siguiente. Ya los había leído mil veces. Se los había aprendido de memoria. Tenerlos ahí era peligroso.
El hombre se inclinó hacia ella. Cuando le habló, Ana pudo sentir el calor de su aliento golpeando su oreja.
—Ya lo veremos —le dijo.
Apagó las luces y todo el lugar quedó en absoluta oscuridad.
—Hasta mañana. Que pases buenas noches.