Tenía el corazón en un puño, aprisionado, desesperado y sangrando de dolor. Sonreí al mirarlo, aunque su piel cetrina y el tono azulado de sus labios me causaba aún más angustia. –Estás asustada –susurró, con su voz entrecortada y un silbido arrancando de su garganta. Recorrí la habitación con la mirada, porque los ojos se me llenaban de lágrimas– amor mío –gimió. –Los niños llegarán durante la tarde –susurré, sintiendo su mano helada en la mía, sus intentos por sostenerme, pero eso no era posible, él no tenía fuerzas ni para caminar. –No quería que me viera así –y su voz se quebró en un quejido– todo va a estar bien, amor, no puedo dejarte sola. Asentí, porque no era capaz de hablar, tomando una enorme bocanada de aire antes de rendirme al cansancio, sonriendo al acomodarme junto a él

