VERÓNICA
—¡Te he echado de menos, querida!—. La madre de Sandro me abraza con fuerza en cuanto me ve. —Oh, Verónica—. Se aparta y me mira. —Cada vez que te veo estás más guapa.
Abraza a Orlando y a Laura, envolviéndonos a todos en su cariño.
—Los he echado mucho de menos a los tres—. Nos junta las caras con una sonrisa radiante. —Sandro está de mal humor desde que dejó de salir contigo—. Nos da unas palmaditas en las mejillas.
—No es verdad, mamá—, refunfuña Sandro al entrar en la habitación. Mi corazón late con fuerza en mi pecho. Aún no hemos hablado con él. Lo he estado evitando.
Reyna pone los ojos en blanco ante su hijo.
—¿Puedo usar tu baño?—, pregunta Laura tímidamente.
—Por supuesto, al final del pasillo—, responde Reyna con una amplia sonrisa.
Mis ojos se fijan en Roger, que está comiendo una magdalena rosa. Mi estómago gruñe ligeramente cuando le quita la fresa de encima. Pamela le coge de la mano y lo lleva hacia nosotros.
—Roger, quiero que conozcas a algunos de nuestros amigos—. El niño nos mira, con unos ojos iguales a los de su madre.
—Estos son Verónica y Orlando—, dice ella señalándonos.
Sus ojos van de uno a otro:
—¡Hola, soy Roger!—. Sonríe, mostrando el diente delantero que le falta. Literalmente me derrito en el acto ante su ternura.
—Eres guapa—. Me sonríe, haciéndome reír. —¿Puedes venir conmigo fuera?
—Por supuesto—. Le sonrío mientras me levanto del sofá. Su manita agarra la mía mientras salimos.
—Hace un poco de calor aquí—, dice abanicándose. —Ven aquí.
Me lleva hasta uno de los columpios.
—Ven aquí conmigo.
—No puedo—. Frunzo el ceño. —Me gustaría, pero tengo dos bebés en la barriga, así que no puedo hacer esos movimientos—. Él mira hacia mi barriga sonriendo.
—¿Ahí dentro?—, susurra señalando mi barriga.
—Mhm—, asiento con la cabeza.
—Qué bieen. ¿Pueden ser mis amigos?—. Presiona ligeramente con un dedo mi barriga, dándole un golpecito.
Una risa se escapa de mi garganta; un efecto secundario del embarazo es que me da cosquillas.
—Por supuesto que pueden.
Después de mucho insistir, Roger terminó metiéndose solo en la piscina mientras yo me quedaba a un lado mirando a través de los cuadrados de colores.
—Amor—. Me sobresalto al sentir su mano en mi espalda. Un escalofrío me recorre la espalda y me hace temblar. —Llevas aquí bastante rato, vamos por un poco de agua y a que te sientes.
Asiento con la cabeza, tratando de normalizar mi respiración, mientras él me coge de la mano y me dirige hacia las sillas más cercanas.
—¿Cómo te encuentras? ¿Te duelen los pies? ¿Tienes hambre?
—Estoy bien—. No puedo evitar la risita que se me escapa de los labios. La cara de Sandro se ilumina al oírla. Se sienta a mi lado y me pasa un agua fría.
—¿Podemos hablar?—, pregunta rascándose la nuca. Me bebo de un trago la botella pequeña de agua fría antes de responder.
Miro a mi alrededor en el patio trasero en busca de Laura y Orlando.
—Ya he hablado con ellos—, dice, haciendo que mi atención vuelva a él. —Quería hablar contigo a solas.
—Vale—. Dejo el agua con cuidado sobre la mesa y le presto toda mi atención.
—Lo siento—. Se aclara la garganta. —Siento mucho no haberte llamado ni enviado mensajes. Quería hacerlo, pero no sabía si tú querrías que lo hiciera—. Murmura con la mirada baja.
—Por supuesto que quería que lo hicieras, Sandro—. Suspiro sintiendo que me arden los ojos. —Lo esperaba cada día. Me lo prometiste. Y te creí—. Mi voz se quiebra, lo que le hace levantar la vista.
—Es solo que...—, acerca su silla a la mía. —Hubieron muchos cambios, Verónica. Cambios que tú me dijiste específicamente que no querías.
—Nada habría cambiado lo que siento por ti, y tú lo sabías—. Juego con el elástico del mantel para distraerme.
—Dijiste que te alegraba que Miguel fuera el heredero de la mafia de mi padre porque nunca quisiste perderme por culpa de eso—. Mis ojos se clavan en los suyos, esperando a que continúe. —Cuando murió, Verónica, y Miguel dijo que no quería tomar el relevo por culpa de Roger, no tuve otra opción. Lo único en lo que nunca quisiste que me convirtiera es en lo que soy ahora. Pensé que verte cómo me convertía en esto sería más doloroso que mantenerte fuera de mi vida. Pero me equivoqué, me equivoqué de lo más terrible—. Su mano se acerca suavemente para acariciar mi mejilla, secándome las lágrimas que se me escapan.
—Te habría apoyado—, susurro.
Su dedo se detiene.
—¿Qué?
—Pero me mentiste—. Después de todo lo que pasó con mi ex, no puedo permitir que precisamente Sandro me mienta.
—Lo sé, lo sé. Y mientras viva, te prometo que nunca te mentiré, pero ahora tengo asuntos que atender—. Sus ojos transmiten tanta sinceridad que me duele mirarlos.
—¿De verdad lo prometes?—. Su mano baja y busca la mía. Entrelaza sus dedos con los míos:
—Te lo prometo. Eres preciosa, ¿lo sabes?
—Sandro, ¿cuánto tiempo te vas a ir?—. Siento que me duele el corazón. No volveré a verlo.
—No lo sé. Voy a dejar los estudios—. Se me encoge el corazón.
—¿Por qué?
—Ahora que él ya no está, la mafia necesita un nuevo líder. Miguel tiene que tomar el mando y va a ser una época muy estresante.
—Pero ya no te veremos más—. Lo acerco más a mí, dejando que nuestras rodillas se rocen.
—Lo sé. Pero te llamaré y te enviaré mensajes—. Hay algo más, sé que lo hay.
—Dilo—, le exijo sintiendo cómo me pican los ojos.
—Verónica—, susurra. Sus dedos rozan mi mejilla. —Va a pasar mucho tiempo hasta que las cosas vuelvan a la normalidad.
—Puedo esperar—, insisto.
—Va a ser un proceso largo y estresante. No te digo esto para hacerte daño, amor, pero durante este tiempo vamos a tener que tomarnos un descanso.
—¿Estás rompiendo conmigo?—, pregunto levantando la vista con los ojos llorosos.
—No, nunca. Pero puede que pasemos unos meses sin vernos—. Mi respiración se entrecorta mientras apoyo la cabeza en su pecho.
—¿Qué significa un descanso?—, pregunto con voz temblorosa mientras le agarro la camisa con las manos.
—Significa que no nos veremos ni estaremos juntos durante un tiempo, pero cuando vuelva, estaremos mejor que nunca.
Niego con la cabeza contra su pecho.
—¿Pero seguirás llamándome?
—Sí, te lo prometo—. Un sollozo sale de mis labios, amortiguado por su camisa. —Lo siento, mi dulce niña.
—Te echaré de menos—, murmuro.
Elijo creer en su promesa. Elijo creer que no volverá a mentirme.
—¿Me das un abrazo?—, murmuro mientras parpadeo para secarme las lágrimas.
Siento alivio al ver cómo me atrae hacia él. Inhalo su aroma y noto cómo mi cuerpo se calienta. Lo echaba de menos. Su corazón late contra mi pecho y mis párpados se cierran.
—Te he echado de menos—, susurra, jugando con las puntas de mi pelo.
Me aparto ligeramente, sonriendo.
—Yo también te he echado de menos.
—¡Payaso!—. Un chillido me hace dar un respingo. Miro a mi alrededor y veo a Orlando saltar por encima de una silla, huyendo de un payaso que lleva un animalito hecho con un globo en la mano.
Orlando corre y cae en una piscina de bolas. El payaso se queda allí mirándolo. Laura y yo nos reímos mientras ella lo graba. A Orlando le dan pánico los payasos desde la primaria.
Miro hacia Sandro y veo que me observa fijamente.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por perdonarme—. Sus dedos rozan mis muslos mientras sonríe.