Pesadillas

1298 Palabras
SANDRO La observo mientras se ríe. El sonido melodioso que sale de sus labios, su cabeza se inclina hacia atrás, sus labios rosados se entreabren y sus ojos verdes brillan bajo el sol. Cuesta creer que realmente esté aquí. —Verónica, ¿quieres un trozo de tarta?—, pregunta mi madre. La mayoría de los invitados se han marchado, dejándonos con el resto de la tarta y los dulces. —Sí, por favor—. Coge el plato de mi madre. —Sabes que Verónica tiene bebés dentro de ella—, dice Roger con una sonrisa. Mamá y Pamela miran a Roger: —¡No puedes decir eso!—, le regaña su madre. —¡Pero ella me lo ha dicho! Por eso no puede saltar, tiene esto—, dice sonriendo y mostrándonos dos dedos. Mamá y Pamela la miran, y ella sonríe y asiente. —¿Dos?—, sonríe mamá. —Doble enhorabuena. —Gracias, Reyna—. Ella se ríe mientras mi madre la abraza. —Dos bebés—, exclama Pamela. —Ay, unas mini Verónica. Entre todos nos acabamos todo el pastel antes de que mi madre se vaya. —¿Podemos ver una película?—, pregunta Roger haciendo pucheros. —No quiero que Laura, Orlando, Carolina se vayan, ¿pueden quedarse un ratito? Todos se derriten ante el puchero de Roger. Acabamos juntando los dos sofás y echando unas mantas encima. Verónica se sube y se acurruca bajo la manta grande y mullida. —Hace mucho calor—, suspira. Me tumbo a su lado después de apagar todas las luces. —¡Buscando a Nemo!—, exclama Roger cuando empieza la película. Verónica se estremece y se acurruca bajo la manta. —¿Tienes frío? —Mhm—, murmura. —Ven aquí—. La acerco a mí y le arropo con la manta. Su cabeza cae sobre mi pecho mientras deja escapar un suspiro. A lo largo de la película, su cuerpo se quedaba inmóvil y luego se estremecía. —Duérmete si estás cansada—, le susurro, acariciándole el pelo con los dedos. Ella asiente con la cabeza y se acomoda en una posición más cómoda. Mi mano se desliza por su espalda hasta detenerse en su cintura, y mis dedos se posan sobre su vientre, sintiendo cómo se eleva el pequeño bulto. Mis ojos se posan en su vientre cubierto. Una sonrisa se dibuja en mis labios. —Nos vamos—, dice Miguel, sacándome de mis pensamientos. Roger duerme en sus brazos. —Conduce con cuidado—, asiento con la cabeza. —J0der —murmura Orlando, mirando a Verónica y a Laura, que duermen. —Pueden quedarse todos. Hay algunas habitaciones de invitados preparadas que pueden ocupar—. Él asiente agradecido mientras coge a Laura. Levanto a Verónica del sofá asegurándome de que todo su cuerpo quede cubierto por la manta. Ella refunfuña mientras se mueve para acurrucarse contra mi pecho. Mi corazón late con fuerza durante todo el camino por las escaleras. Entro en la habitación justo enfrente de la mía y la acuesto en la cama. Ella se queja, revolviéndose en sueños. Busca algo con la mano, frunciendo el ceño. Camino en silencio hacia la puerta y apago la luz. —No—, dice, sorprendiéndome. —Déjala encendida—. Su voz se apaga. Vuelvo a encender la luz al ver que sigue con los ojos cerrados. —¿Sandro? —¿Qué pasa, amore?—. Vuelvo a la cama y me siento en el borde. —¿A dónde vas?—, murmura. —Solo al otro lado del pasillo—, le aseguro. Asiente lentamente. —Estoy incómoda, ¿puedes traerme algo para ponerme? —Por supuesto, ahora mismo vuelvo—. Entro corriendo en mi habitación y cojo unos pantalones de chándal y una camiseta. Verónica está tumbada en la cama, con ambas manos sobre el estómago mientras mira al techo. —Toma—. Se anima al coger la ropa. —¿Puedes dejar la puerta abierta y la luz encendida cuando te vayas?—. Sus ojos tienen un brillo de ansiedad que me preocupa. —Por supuesto, estoy justo al otro lado de tu puerta si necesitas algo—. Asiente y desaparece en el baño. Vuelvo a mi habitación, dejando la puerta abierta por si necesita algo. Me acuesto en la cama y me quedo mirando al techo. Inquieto es la única palabra que describe cómo me siento. ¿Cómo se supone que voy a dormirme si ella está al otro lado del pasillo? Un gemido de frustración se escapa de mis labios mientras me levanto rápidamente de la cama. Cojo una toalla del armario y me dirijo al baño. Una ducha larga y fría debería ayudar. Me quito la ropa, la tiro al cesto de la ropa sucia y me meto bajo el chorro de agua fría. Echo la cabeza hacia atrás y suspiro mientras el agua fría resbala por mi abdomen. Mi cabeza golpea la pared detrás de mí mientras dejo que el agua caiga sobre mi cuerpo. Me lavo el pelo y el cuerpo antes de cerrar el grifo y envolverme la toalla alrededor de la cintura. Limpio el espejo y me cepillo los dientes antes de salir del baño. Al cruzar el umbral, me quedo paralizado al ver a Verónica acurrucada en mi cama. Se incorpora sorbiendo por la nariz. Sus ojos recorren mi cuerpo y se detienen en la parte baja de mi abdomen. Probablemente sonreiría o haría algún comentario al respecto, si no fuera porque tiene lágrimas corriendo por su rostro. —¿Amor? ¿Qué te pasa?—. Me acerco a ella; sus ojos siguen mis movimientos. —¿Puedo quedarme aquí, por favor?—, susurra. —Por supuesto—, murmuro mientras le seco las lágrimas. —Déjame vestirme, ¿vale?—. Ella asiente mientras cojo la ropa. Una vez vestido, vuelvo junto a Verónica, que sigue en la misma posición en la que la dejé. Tiene los ojos rojos e hinchados, lo que me preocupa. —¿Estás bien?—, le pregunto mientras cojo mi almohada de la cama. Me mira con los ojos muy abiertos. —¿Adónde vas? —Solo al sofá—. Asiento con la cabeza hacia el sofá que hay junto al armario. —¿No puedes quedarte?—, susurra tirándome de la muñeca. —¿Segura?—, murmuro, mirando el espacio a su lado. Ella asiente y se hace a un lado. —¿Quieres que encienda la luz? —No, no hace falta, tú acuéstate ahí—. Me meto en la cama a su lado y me pongo tenso cuando su pierna desnuda roza mi brazo. —Hacía demasiado calor—, murmura sonrojándose. Sonrío y la atraigo hacia mí por la cintura. —Dime qué te pasa. —Solo una pesadilla—, dice encogiéndose de hombros. Le aparto el pelo de la cara, que le empapa los rasgos. Incluso en la oscuridad puedo ver sus preciosos ojos verdes y sus deliciosos labios rosados. La pequeña marca de belleza marrón se asoma sobre su ceja izquierda. Exactamente igual que antes. Su largo cabello castaño yace desordenado sobre mi brazo y la cama. —¿Ha sido horrible?—, le pregunto, acariciándole las mejillas con el pulgar. Ella asiente, vacilante. —Siempre las tengo. —¿Sobre qué?—. Su cuerpo se tensa y hunde la cara en mi pecho. —No quiero hablar de eso, buenas noches, Sandro. —Buenas noches, amor—. Le doy un beso en la coronilla mientras siento cómo su cuerpo se relaja, rendido al sueño.
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