Me senté frente al computador y miré la hora: las tres de la tarde; tenía entre dos a tres horas antes de irme a casa y no había mucho que hacer, si terminaba antes, podría retirarme, para Ángel era más importante hacer el trabajo que cumplir con las horas establecidas. Ordené algunos papeles, revisé la agenda por si se me olvidaba algo y terminé unas cartas que necesitaría Ángel al día siguiente. Miré el reloj, ¡las siete y media! Mi jornada de trabajo había terminado hacía más de hora y media. Cada día, desde que había llegado allí, la hora pasaba demasiado rápido, sin darme cuenta. Apagué el ordenador y observé la calle, estaba desierta y muy negra, parecía más negra que de costumbre; me estremecí, no me gustaba la oscuridad y menos irme sola a casa de Ángel; no quedaba lejos, solo a u

