Capitulo 13

1441 Palabras
Navidad con los niños del orfanato p2. Esperanzas… ¡Qué hombre más terco! Señor, ¡¿Qué hice para merecer esto?! Miro de reojo al cincuentón que va manejado a mi lado y la rabia bulle en mí. «Señor, perdóname por pecar, pero este hombre me saca de mis casillas» —De verdad eres un ser imposible de tratar, James O’Connor. —Me lo han dicho infinidad de veces, pero gracias por recordármelo, Her… ma…ni…TA—«Pendejo» —No tienes para que ser tan sarcástico, James. Manuel nos está escuchando y no es bueno que nos oiga discutir—digo, casi en un susurro, porque no quiero que Manu nos escuche, el pobre niño ha pasado por tantas cosas que no quiero ser una carga más en su corta vida. —Pues entonces, deja de quejarte mujer, sabes que tengo razón y lo mejor es descartar cualquier cosa que pueda tener Manu. Era imposible discutir con él, desde que llegó con mi hijo ese día al orfanato me di cuenta de que no debería haber aceptado esa ayuda. ¡Maldita sea!, ¿por qué le habré hecho caso a Blue ese día? «Perdóname, señor, el padre me dejará con saldo en contra en la próxima ida al confesionario» Llegamos al hospital y veo como una enfermera se acerca a nosotros como si supiera a lo que hemos venido. —Señor O’Connor, buen día—Hace un asentimiento y se dirige a mí—. Hermana, ya los están esperando. Deme al niño para colocarlo en la silla de ruedas. ¿Cuándo hizo todo esto? ¿Nos están esperando? James me saca de mis pensamientos y me susurra. —Suelta a Manu, Ágnes debe ingresar con él protocolo, no te lo va a quitar— con cuidado me quita a Manu de los brazos y siento su ausencia de inmediato. Ese pequeño me recuerda tanto a Jex, que… —¿Dónde lo lleva? —Lo llevamos, hermana Ángeles, síganme por favor. Me dice la enfermera, toda profesional y yo la miro feo, pero más molestia me da cuando los veo caminar conversando como si yo no existiera, hago mis manos puños y cuando voy a hablar, James se detiene y voltea a verme. —Ángeles, no te quedes ahí, vamos. Manu está ansioso. «!Dios santo! ¿Qué me está pasando?» Entramos al hospital y la enfermera nos llevó hacia los consultorios de pediatría, cuando llegamos a una de las puertas, ella dejó la silla de ruedas a un lado y se acercó para dar tres golpecitos. El “adelante” nos indicó que el doctor nos dejaba pasar y la enfermera, amablemente la abrió, dejándonos el paso a nosotros, James tomó las manillas de la silla de ruedas e ingresó con Manu y yo los seguí. —Buen día Señor O’Connor, ya Ethan me informó que usted traía a su nietecito por encontrarse en un estado febril inespecífico—la cara de James era un poema y yo no aguanté la risa, dios le dijo sutilmente viejo—. Hermana, es un gusto por fin conocer a la madre de Jex y abuelita de Jexito y Sarita— Ahora, mi cara era un poema, la verdad es que no me avergonzaba de ser abuela de mis niños bellos, pero era algo que todavía no sabía cómo digerir, siendo monja. —Gracias, Paul, pero ahora lo que nos atañe es Manu, mis nietos están bien y Ángeles está preocupada al igual que yo de nuestro niño. —Oh, sí. Claro, claro. Por favor colóquelo en la camilla para auscultarlo. James hace lo que el médico le pide y se queda de pie a su lado, Manu lo mira afligido y James toma su manito para que no se asuste, mientras el médico hace su trabajo. Sus miradas cómplices me dan ternura, ambos se miran con amor, uno que hace mucho no veía en los ojitos de Manu. El pobre, desde la muerte de su madre no había hablado más. Era doloroso verlo tan triste y callado y no saber que hacer porque no nos decía lo que pasaba. Candela, su hermanita no ha querido ser adoptada por ese motivo, pues dice que son un combo completo y pues quienes éramos nosotros para discutirlo, solo esperaba que una familia los quisiera a los dos y les diera ese amor que tanto necesitaban. —Todo listo, Jovencito se ha portado muy bien y se merece una paleta por esto— dice el doctor, una vez que ha terminado de realizar su chequeo. James ayuda a Manu a arreglarse y el médico se sentó frente a mí y esperó calmadamente a que James terminara de arreglar a Manu. Cuando estuvieron listos, James se sentó con Manu en sus brazos y esperamos a lo que nos tenía que decirel médico, pero yo no me aguanto. —¿Y? —Todo bien, es un resfrío, pero a Manuel le ha afectado más pues está con las defensas bajas, por lo que ahora pasó a ser una faringitis, le daré algunos medicamentos y vitaminas y desde hoy este jovencito se cuidará muy bien. Deben traerlo la próxima semana para controlarlo y nada, solo que se tome sus medicamentos y se abrigue bien y pronto podrá estar jugando con los demás niños bajo la nieve— el doctor le guiña el ojo a Manu y le entrega una paleta la que mi niño recibe y guarda en su bolsillo. Salimos del hospital, con la tranquilidad que quería el señor fastidioso junto a un Manu que no soltaba su mano, mientras conducía la silla. —Ahora, que sabemos que estás bien y tenemos tus medicamentos, Manu iremos a comprar unos ricos dulces para todos los niños ¿Te parece? Manuel afirmó con una bella sonrisa y aplaudió con sus manitos, pero luego su carita cambió. —¿Qué pasa mi niño? ¿Te sientes mal? ¿Quieres que volvamos con el doctor? — pregunto preocupada, pero Manu negó con su carita y suspiró, tomó la mano de James y le indicó que quería subirse al auto. —Vamos, amiguito, démosle una alegría a tus amiguitos del hogar y de paso veamos que le llevamos a Candy, no te sientas triste, te prometo que todo va a estar bien y vamos a pasar unas hermosas fiestas. No sé qué poder tenía James con Manu, pero mi niño sonreía como si él tuviera la verdad absoluta y su carita y eso también me preocupaba, porque James algún día se iría, ya estábamos a nada de que terminaran las remodelaciones que estaba implementando y era de seguro que cuando ellas acabaran que él… —¡Llegamos! Vamos a la tienda de dulces y me dices cuales le llevaremos a Candy y a los demás niños. Hermanita ¿nos acompañas? —Sí, claro. Vamos. Entramos a Candyland, una de las tiendas de dulces más conocidas de la cuidad y los ojos de Manu casi se salen de sus cuencas, estaba extasiado y corría hacia todos lados buscando los dulces para cada niño, James tomó un carro y como si estuviera comprando el mercado dejaba que Manu colocara cada cosa. —Estos son para Ale, Clau y Nino ¿no? — preguntaba y Manu asentía ¿cómo sabía tanto de los niños, si ni yo que llevo tanto tiempo con ellos sabía que dulces les gustaban— Manu y se les llevamos esos bastones de caramelo a la hermanita Agnes, a ella le encantan. —¿Perdón?— sí tengo cara de Grinch porqué ¿Por qué? Pues es obvio, él lleva nada en el lugar ¡Y sabe más que yo! —Se pregunta por qué sé tanto de todos ¿no?— estoy roja, sí roja, este hombre sabía leer la mente ¿o qué?— pues no es muy difícil, los niños son un amor y las hermanas son encantadoras, igual que tú—se ríe bajito— . Solo es que soy buen observador, hermanita, no creerá que soy psíquico. —Menos mal que no lo es… —¿Por qué lo dices? —No es nada, una tontería. Manu nos miraba y reía, que me causó ternura, ese niño era una pequeña lucecita. Nos estiró los bracitos y ambos lo abrazamos. —Ya sé que quiero para navidad — nos dijo y ambos abrimos los ojos impresionados por escuchar su dulce voz. —¿Qué quieres Manu? Dime y yo te prometo que lo consigo— dijo James emocionado y con los ojos cristalizados. —Dinos mi niño… Él negó y abrazó a James y luego a mí. Es un secreto…
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