Valery Montesco El eco del encuentro con Sebastián todavía vibra en cada rincón de mi cuerpo, pero el calor del placer se transforma en un frío glacial que me recorre la columna en el mismo instante en que pongo un pie fuera del salón de fumadores. Al levantar la vista y ver a Lucas parado al final del pasillo, con esa expresión de duda y los ojos entrecerrados bajo la luz tenue de los candelabros, el pánico me golpea con la fuerza de un impacto físico. Me doy cuenta, con una claridad aterradora, de lo descuidados que hemos sido; las paredes de esta mansión tienen oídos, y Lucas, herido en su orgullo y desesperado por no perder su fuente de ingresos, es la última persona que debería tener una mínima sospecha. Su mirada baja por mi camisa de lino, buscando alguna arruga o algún rastro que

