Valery Montesco El silencio de la biblioteca no es paz, es una tensión que cruje bajo mis pies mientras Sebastián me arrastra hacia el rincón más profundo, donde la luz de los pasillos no llega y los libros de lomo de cuero parecen testigos mudos de mi perdición. Justo donde quedó mi súplica anterior, su mano se cierra con una firmeza asombrosa sobre mi nuca, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás mientras sus labios reclaman los míos con una urjencia que me borra el nombre y el apellido. Ya no hay espacio para el miedo a Lucas o la sombra de mi madre; solo existe el calor sofocante de su cuerpo presionando el mío contra la madera fría y encerada de las estanterías. Me rindo a la exploración de su anatomía con una curiosidad febril, mis manos temblorosas recorriendo la dureza de su

