El frío del metal fue el primer aviso, una caricia eléctrica que hizo que la piel de Gabriella se erizara instantáneamente. Dante no tenía prisa; sacó el cuchillo que guardaba en su pantalón y cuando le quitó la funda, deslizó la punta por la curva de su abdomen con una lentitud tortuosa, disfrutando de cómo los ojos de ella se encendían, transformándose de la sorpresa a una chispa de deseo puro que no intentó ocultar. En el fondo, ella sabía, con una certeza grabada en los huesos, que él jamás dejaría una marca real en su piel, pero el peligro inherente a su tacto era lo que hacía que su pulso se acelerara hasta el punto de la sordera. Cuando el filo enganchó la lana de su suéter y comenzó a abrirse paso a través de la tela, Gabriella dio un leve salto involuntario. El sonido del tejido d

