El vehículo se detuvo suavemente frente a la entrada principal de la mansión, pero antes de que Dante pudiera reaccionar, Damiano ya estaba junto a la puerta trasera, abriéndola con una eficiencia impecable. Gabriella salió del auto con una sonrisa ligera, alisando las arrugas de su falda, y miró al escolta con una familiaridad que hizo que el aire en el espacio se volviera gélido de repente. —Gracias, Dam —le dijo con suavidad, usando aquel diminutivo con una naturalidad pasmosa. Dante, que ya estaba fuera del auto, elevó una ceja, clavando su mirada en la interacción con una fijeza peligrosa. Damiano, ajeno por completo a la tensión que su gesto de cortesía había despertado en el líder de la mafia, simplemente asintió con un respeto profesional. —De nada, Gabriella. Que descanses —re

