El trayecto por el pasillo de emergencia se sentía eterno bajo la luz intermitente de las lámparas de seguridad. Gabriella sentía un hormigueo extraño recorriéndole la columna, un mal presentimiento que se instalaba en su pecho como una presión constante que no tenía nada que ver con el estruendo de afuera. Sus instintos, aquellos que su mente no recordaba pero que su cuerpo reconocía, le gritaban que el peligro no había terminado. Damiano, notando su vacilación, la sujetó del brazo con una firmeza tranquilizadora y le aseguró en voz baja que la sacaría de ahí pasara lo que pasara. Avanzaban a un ritmo más pausado debido a Miranda, pero los hombres se encargaban de transmitirle que no se preocupara, que el tiempo era suficiente. Miranda, por su parte, maldecía internamente su condición; el

