El gran salón, que minutos antes era el epítome de la sofisticación, se transformó en un campo de batalla en un parpadeo. Damien, demostrando la razón por la cual tenía el mando, ocultó a Alina detrás de su imponente figura, haciendo una seña a tres de sus guardias de élite para que formaran un escudo humano a su alrededor. Los ataques en eventos de esta magnitud siempre eran una posibilidad latente, pero la osadía de este golpe en particular era desconcertante. Se requería ser un estúpido suicida o un genio táctico para irrumpir en una fortaleza custodiada por los líderes de las familias más peligrosas del mundo, y Damien esperaba fervientemente que fuera lo primero para terminar con esto pronto. —¡Nadie sale de aquí hasta que el bastardo que comenzó el fuego esté en mis manos! —rugió c

