El pequeño salón de descanso al que Dante llevó a su e sposa no tenía nada de pequeño; era una estancia espaciosa que exhalaba lujo en cada rincón, equipada con una cama matrimonial de sábanas impecables, un sofá de diseño, un vestidor privado y un baño que ofrecía todas las comodidades. Incluso, con la previsión que caracterizaba a los eventos de la mafia, había dos vestidos y dos trajes de repuesto colgados con elegancia, listos por si algún accidente obligaba a un cambio de vestuario repentino. En ese mundo, todo estaba premeditado, cada detalle calculado para mantener la fachada de perfección. Sin embargo, en ese preciso instante, lo único que Dante necesitaba era un lugar cerrado, un refugio donde nadie se atreviera a interrumpirlos, sin importar si había o no una cama de por medio. P

