«¿Ahora por qué está enojada?» pensó Dante al notar el gesto de Gabriella endurecerse apenas un segundo. Fue mínimo, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera, pero él lo notó de inmediato. De pronto y de la nada, parecía enfadada. Y cuando giró su rostro en la dirección que veía Gabriella, comprendió a que se debía. Los italianos habían llegado. Agnese y Calogero Vitale acababan de cruzar las puertas. Gabriella respiró hondo. Sabía que Dante debía invitarlos. Eran socios, aliados necesarios. Pero eso no evitaba que sintiera cierto fastidio al ver a la mujer que de una forma descarada y cínica se había ofrecido a su marido la otra noche. Gabriella no era hipócrita, pero había modales que debía mantener, porque las alianzas pesaban y comportarse correctamente también era u

