La ausencia de los Moretti no pasó desapercibida para nadie. Era imposible que no lo hiciera. Los murmullos se extendieron como un eco contenido entre los invitados, había miradas cruzadas, gestos que sugerían que había algo extraño, además de las preguntas sin formular. Damien lo notó de inmediato. Había pasado demasiados años leyendo habitaciones como para no sentir cuándo el aire se cargaba de dudas. Tomó una copa de champagne de la mesa principal, una de esas largas mesas rebosantes de cristalería impecable y botellas abiertas, y caminó con paso firme hacia el centro de la pista de baile. No hizo falta pedir silencio. Bastó su presencia. En cuanto se detuvo, el murmullo se apagó y todas las miradas se clavaron en él. —Veo que esta celebración ha sido una sorpresa para la mayoría de lo

