El domingo llegó con el peso de algo inevitable. Fernando había insistido en un almuerzo familiar en el jardín de la mansión, una puesta en escena para mantener las apariencias. Era su manera de recordarle a todos que los Rodgers eran una familia unida, fuerte, intocable. Pero para Ginger, aquella mesa perfectamente servida, rodeada de flores y de sonrisas forzadas, era una prisión más hermosa, no menos asfixiante. El sol caía entre las ramas de los robles viejos, filtrando la luz en manchas que se movían sobre los manteles blancos. Fernando presidía la mesa, satisfecho con su espectáculo. Hablaba de negocios, de política, de inversiones, con el mismo tono con el que dictaba órdenes. A su lado, Ginger interpretaba su papel sin fallas: la acompañante ideal, serena, educada, dócil. Sentía s

