El coche avanzaba en silencio, un silencio denso que se pegaba a la piel como polvo húmedo. Fernando conducía como si cada curva exigiera un cálculo de vida o muerte; sus manos apretadas en el volante, los músculos tensos, los ojos clavados en la carretera. Ginger sintió, con una claridad dolorosa, que no la llevaba de vuelta a una jaula: la estaba llevando al corazón de su dominio, al lugar donde él ensayaría la guerra que aún resonaba en su mente. Al cruzar las puertas de la propiedad, el teléfono desechable que Fernando le había quitado vibró contra el tablero. La luz fría de la pantalla iluminó el interior del automóvil. Un mensaje: no palabras, una imagen. Ginger contuvo el aire como si pudiera sostenerlo para siempre. La foto mostraba a Gabriel en la cama, los ojos abiertos en una e

