El silencio que cayó sobre la mansión Rodger después de la partida de Ginger fue tan denso que parecía tener peso. No era el silencio de la paz, sino el de una herida recién abierta. Se sentía el olor metálico de la sangre, el eco de los disparos, la marca invisible de la traición flotando en el aire. En el gran salón, Fernando permanecía de pie, inmóvil, con los ojos clavados en una mancha oscura sobre la alfombra persa. Allí, exactamente allí, su hermano Gabriel había caído, desangrándose para salvar a la mujer que había llegado a su vida como un trueno y la había destrozado desde dentro. Emiliano estaba en el sofá, con la cabeza hundida entre las manos. Lloraba en silencio, con ese tipo de llanto que no necesita sonido para doler. No recordaba haber llorado así desde el funeral de su m

