La promesa de Emiliano —“Prefiero perder el imperio antes que perderte a ti”— cambió la atmósfera del ático. Lo que antes era histeria y miedo ahora se sentía como una tregua armada. Ginger, que había pasado días al borde del colapso, respiraba con la determinación de quien ya no puede permitirse temblar. Emiliano, aún con la furia a flor de piel, empezaba a pensar como estratega. Ya no eran dos fugitivos en una jaula de cristal. Eran aliados preparando una guerra. —Si vamos a hacer esto —dijo ella, secándose las últimas lágrimas—, no podemos quedarnos aquí. Emiliano asintió sin dudar. —Este lugar es un faro. Mi territorio, sí, pero también el primer sitio donde mi padre y Zuri buscarían. —Zuri no solo busca. Escucha —respondió Ginger—. Asume que cada llamada está intervenida, cada cám

