El despacho de Fernando Rodger era un mausoleo de poder. Las luces tenues se reflejaban en las paredes de mármol y el aire olía a whisky caro, a papeles antiguos y a silencio contenido. Cuando Emiliano cruzó la puerta sin anunciarse, su padre estaba de espaldas, observando la ciudad que parecía rendirse ante sus pies. Sobre la credenza, una nueva fotografía: Gabriel, sonriendo en un velero, con el sol recortando su figura. —Así que es cierto —dijo Fernando sin volverse—. La has traído de vuelta. Emiliano se detuvo en el centro de la alfombra persa. —Está bajo mi protección. Fernando giró lentamente. Sus ojos, normalmente afilados y serenos, estaban enrojecidos, marcados por el duelo. Verlo así, vencido por la pérdida, podría haber ablandado al Emiliano de antes. Pero no al hombre que a

