Las palabras de Emiliano quedaron suspendidas en el aire viciado del pequeño apartamento: —Se acabó el huir. No sonaron como una súplica, ni como una orden. Sonaron como una sentencia. Y en esa sentencia, Ginger sintió cómo el frágil refugio que había construido en Astoria se resquebrajaba por completo. Retrocedió un paso, chocando con la pared fría. —No lo entiendes, Emiliano. No puedes estar aquí. —Pasé sesenta y cuatro días rastreando pistas muertas —dijo él, avanzando hacia ella—. Sesenta y cuatro noches sin dormir, siguiendo cualquier indicio que pudiera llevarme hasta ti. ¿Y crees que me voy a ir solo porque me lo pidas? —¡No es un juego! —su voz se quebró, y el miedo la desnudó—. ¡Zuri te matará! ¡Nos matará a los dos! —Que lo intente —respondió él, con una calma tan fría que

