Emiliano no se movió. Permaneció inmóvil en la boca del callejón, su silueta recortada contra la luz intensa del mercado. A su alrededor, la gente seguía con su rutina, ignorante del drama que se desarrollaba a escasos metros. Había visto cómo Ginger se derrumbaba contra la pared, temblando mientras acunaba a su hijo, y esa imagen se le clavó en el pecho. No podía irse así. Simplemente, no podía. Dio un paso hacia atrás, regresando a la penumbra. —Esto es una locura, Ginger —susurró, la voz ronca de angustia—. Mírate… no sobrevivirás una semana más en estas condiciones. Ginger alzó la cabeza. Las lágrimas habían limpiado surcos en el polvo de su rostro. Se apoyó en la pared para incorporarse, su mano sin soltar la cabecita de Gabriel, siempre protegiéndolo. —Sobreviviré —respondió, déb

