Habían pasado tres semanas desde el nacimiento de Gabriel. Veintiún días con noches interminables, con miedo en cada respiración, con el llanto de un recién nacido mezclado al zumbido constante del peligro. Ginger —o “Elani”, como decía la identificación falsa que llevaba doblada en su bolso— apenas era una sombra de sí misma. La piel pegada a los huesos, los ojos hundidos, las manos temblorosas. Pero su hijo respiraba. Eso bastaba. Después de salir de Mires, se había instalado en Agia Galini, un pueblo costero que parecía suspendido entre el mar y la montaña. Era un laberinto de casas encaladas y calles tan estrechas que el sol apenas se colaba entre las paredes. Desde su ventana veía los barcos pesqueros llegar al amanecer, cargados de redes y gaviotas, y pensaba en todo lo que había pe

