El mármol del baño estaba helado, como si quisiera recordarle que la vida puede enfriarse en un segundo. Ginger apoyó la espalda contra la pared y contestó la llamada. No hubo saludo. Solo esa voz. Zuri. Metálica, cortante, inhumana. —Te estás acomodando, Ginger. La comodidad te vuelve débil. El corazón le golpeó las costillas. —No sé de qué hablas —susurró, intentando que su voz no delatara el temblor. Zuri rió, una risa breve, sin alma. —He visto las noticias. Tus cenas, tus apariciones con Rodger. Te estás enamorando de tu objetivo. Error de principiante. Y los errores cuestan. A veces, cuestan la vida de un hermano. El nombre de Max fue como una descarga eléctrica. El aire se le cortó. Se sujetó al borde del lavabo para no desplomarse. —No te atrevas a tocarlo. —No lo haré —res

