El estudio de Fernando Rodger, que antes había sido un campo de batalla psicológico para Ginger, se convirtió en su refugio y cuartel general. El plazo de cuarenta y ocho horas que Zuri le había impuesto pendía sobre ellos como una sentencia inminente. El imponente escritorio de caoba, alguna vez cubierto de contratos y balances, ahora estaba sepultado bajo mapas de la ciudad, diagramas de redes criminales y archivos que Ginger había recopilado durante años. Por primera vez, no estaban frente a frente como enemigos, sino lado a lado, planeando juntos una guerra que apenas entendían. —Zuri no es un mafioso cualquiera —dijo Ginger, inclinada sobre los documentos—. Es un estratega. No busca el caos, sino el impacto. Cada movimiento suyo está calculado para destruir psicológicamente antes de

