La confesión de Ginger y el ataque en el aparcamiento no fueron el final, sino el principio de algo mucho más grande. Habían cruzado un punto de no retorno. Los días siguientes se convirtieron en una vigilia silenciosa, una espera cargada de tensión. El estudio de Fernando, aquel santuario improvisado, se transformó en el centro de operaciones de una guerra invisible. Pasaban horas frente a pantallas y documentos, cruzando datos, buscando un hilo suelto que los llevara hasta Zuri. Pero él no era un hombre al que se pudiera rastrear como a un enemigo tangible. Era como un virus, y el virus ya se había infiltrado en el sistema. El ataque no comenzó con una explosión ni con un disparo, sino con algo más sutil: un susurro digital. Un blog financiero de gran influencia publicó un artículo anón

