Sentirla entre mis brazos era la cosa más gratificante del mundo. La manera en la que se entregaba a mis besos, a mis caricias me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo. Correspondía con fervor cada beso que le daba, podía sentir su anhelo de más y yo quería darle más. Su iniciativa me dio pie a hacer algo que había querido hacer desde que la vi hace algunas horas en el ascensor, ese vestido me había estado volviendo loco y más aún cuando la vi enganchada al brazo de aquel hombre. Había resistido a mis instintos cavernícolas para no hacer un espectáculo y así lograr alejarla de mí. Pero el que me besara me dice cuanto quería esto, lo podía sentir y me volvía loco a cada segundo. La tomé de la cintura y sin importarme nada de lo que estuviera en mi escritorio pasé el brazo li

