Capítulo 4. Maldición griega. Seis años después

1827 Palabras
Iris La alerta de mensajes de mi teléfono suena y con manos temblorosas lo tomo. Es Agatha indicándome que mi taxi ha llegado. Cierro los ojos y después, los abro con determinación. —Nunca más— repito la frase que me ha sacado de mi “estupidez infantil” y que me ayudará a dejar este triste matrimonio. Bajo las escaleras con cuidado para no alertar a nadie. Las voces en el despacho siguen sonando y para mi fortuna la puerta está completamente cerrada, no me verán al pasar. Eso me hace caminar con más decisión hacia el auto que me llevará al aeropuerto. —¿Te vas? — la voz de Dean, el mejor amigo de mi esposo suena a mi espalda sorprendiéndome y sí, aterrorizándome. Mi cuerpo comienza a temblar ante la idea de no poder escapar de mi matrimonio, de esta casa, de mi cruel esposo. —Tranquila, no diré nada. Te ayudaré con tu maleta— se acerca lentamente hacía mí y toma mi maleta con suavidad. Por un segundo siento desmoronarse mi convicción y lo que pensé sería mi futuro en libertad, rindiéndome a que Dean me lleve de vuelta. —Vamos, el taxi está esperando— Con brusquedad volteo mi rostro y lo veo caminando tranquilamente hacía el auto, dejando mi maleta en la cajuela y abriendo la puerta trasera para mí. Antes de que se arrepienta y me juegue una mala pasada corro hacia el auto, a pesar de mis piernas temblorosas. Antes de cerrar la puerta vuelve a hablar. —Michael no es tan malo— suspira— Algún día lo entenderás. Cuídate, Iris. — cierra la puerta con una expresión de solemnidad. Mi cabeza va en blanco todo el camino hasta que el despegue del avión me hace regresar a mi realidad. —Por fin, seré libre— digo en voz baja. No hay satisfacción, no hay ni un sólo miligramo de sensaciones de felicidad o libertad, solo siento una pizca de alivio de que nadie me detuviera. Lo demás…lo demás es tristeza, ira y arrepentimiento. —¿No es tan malo? — repito las palabras de su amigo—Él estaba dispuesto a destruirme— esa sola frase me hace estremecer. —Casi lo logra— sonrío con burla al pensar en la frecuencia de mis ataques de pánico, mi delgadez, mi autoestima por los suelos…mis cambios radicales de imagen para que él me mirara, para verme más “adulta” y a su “altura”. Me perdí a mi misma y sí, estoy hecha pedazos. Siento la ira aumentar a cada segundo. —Nunca más, Michael Harris— digo con los dientes apretados y con un manotazo retiro las lágrimas que escapan y recorren mi rostro. —Nunca más me volverás a herir. No me volverás a hacer llorar y juró que regresaré por ti, te regresaré cada palabra, humillación y dolor. — Respiro hondo para pasarme el nudo en mi garganta. —Regresaré para recuperar mi libertad. Me divorciaré de ti, así pierdas todo lo que tengas, así mi padre me expulse de la familia. Esa es mi promesa— De golpe me levanto de la cama con el corazón acelerado. —¡Otra vez! — digo con fastidio mientras me dejo caer dramáticamente sobre la cama. En los últimos días las pesadillas de mi matrimonio fallido han regresado con más frecuencia y fuerza, sobre todo el sueño recurrente de la noche en la que decidí irme de esa tétrica casa. Las odio porque me dejan una sensación de angustia y sobre todo porque mi intuición me dice que eso no es bueno… algo malo va a pasar y no sé si estoy preparada para ello. Espero equivocarme. Sin muchas ganas me levanto de la cama, no podré seguir durmiendo, así que es mejor comenzar mi día. *** Los pasos de Agatha suenan por el pasillo principal del Hospital Universitario de Suiza con el típico tintineo de sus zapatillas plateadas de la última colección de una marca… que siempre olvido, mientras que mis pisadas parecen emitir el típico chirrido de los zapatos más cómodos y “feos del universo”, en palabras de mi amiga, los “crocs”. De reojo la veo caminar como toda una estrella de cine desentonando con este lugar, realmente, el blanco de las paredes y el piso contrastan con el vestido terriblemente colorido de mi amiga. ¿Quién usa un vestido verde estridente y zapatillas en el hospital? Bueno, ella. Es parte de su loca y extrovertida personalidad, muy contraria a la mía. Creo que siente mi mirada porque voltea a verme y nada discreta me mira de arriba abajo, típico de ella. —No es posible que siendo una persona tan importante, rica, misteriosa e inteligente tengas tan mal sentido de la moda— refunfuña. —No vengo a un desfile de moda como tú. Es la visita mensual para conocer los avances de tu investigación, no pierdas de vista lo importante— digo con seriedad. —Ni sentido del humor tienes ¿por qué somos amigas? —dice burlona mientras me toma del brazo con esa coquetería y juego de “niñita malcriada” que siempre usa conmigo. Mi estomago se retuerce al pensar en esa frase y la pesadilla que tuve. Estoy cansada de que mi pasado me persiga en sueños y en algunos aspectos de mi vida actual. —¡Vamos, Iris! ¿Jefa? De nuevo, te pierdes en esa cabecita. ¿Qué piensas? ¿Otro gobierno autoritario que hackear? ¿una empresa que destruir? —pregunta con emoción. —¡Silencio! — tiro de ella para que no hable de esas cosas en público. —¡Vamos! Nadie me escucho. Solo yo, por ser tu mejor amiga, sabe de tus múltiples trabajos e identidades, y quiero que siga así. Me siento privilegiada—sonríe feliz al saber mis secretos. —Vamos primero a tu oficina para revisar los archivos de los pacientes que van a ser parte de esta etapa de investigación— cambio de tema porque no me dejará en paz para saber qué me pasa. No le he contado de mis pesadillas. —Bien, jefa. Hoy viene una paciente que es totalmente idónea para nuestro último ensayo. Quiero que la conozcas…No, no me digas que no. Está agradecida por ser parte del ensayo de forma gratuita y quiere conocer a la gran mujer que está detrás de la Fundación Artemisa Martakis. Esa eres tú, y por primera vez en tu vida, vas, la escuchas, recibes los agradecimientos y te vas. Por una vez en tu vida reconoce tu propio esfuerzo, recibe los honores y halagos, Iris— dice con voz seria, cuando se pone en ese plan ni Zeus o Hades la pueden hacer cambiar de opinión. Después de un par de horas de revisar algunos archivos y ver a qué pacientes vamos a financiar, Agatha me lleva con las personas que quieren verme. —¿Cómo se llama la paciente? — pregunto al dar la vuelta en el pasillo que nos conduce a la zona de hospitalización. —Helen Harris— dice con tranquilidad mientras que mi corazón deja de latir. ¿Helen Harris? ¿Mi madrina? ¿Mi suegra? ¡No! —¿Iris? — me pregunta mi amiga cuando se da cuenta que no sigo a su lado y me quedé congelada muchos pasos detrás de ella. —¿Quién dijiste? — mi voz sale temblorosa. —Helen Harris, es una nueva paciente. Estamos armando su archivo por eso no lo vimos hoy. ¿Estás bien? — pregunta preocupada acercándose a mí con preocupación. No puede ser ella. Sería demasiada coincidencia, además, ella no está enferma o ¿lo está? ¿Y si solo me están buscando? ¿si quieren algo de mí? No, no lo creo, ellos nunca se acercaron a mi estos años, no lo harían ahora y no vendrían aquí. Ya no tengo nada que ofrecerles. Mi mente es un caos, preguntándose hasta las cosas más absurdas y mis manos comienzan a temblar, eso no es un buen síntoma. —Iris, vamos respira conmigo. Mírame, mírame, amiga, estoy aquí contigo. No pasa nada malo, estás en un lugar seguro, estás bien, nadie puede hacerte daño de nuevo— la voz de Agatha comienza a ser más nítida conforme sigo sus instrucciones para evitar un ataque de pánico. Es el segundo esta semana, lo dije, es un indicio de que algo malo pasará. —Así es, muy bien, sigue así. No dejes de mirarme. Respira conmigo, mi guerrera— asiento a sus palabras. Mi corazón poco a poco comienza a latir con normalidad. —¿Quieres ir a casa? Puedo terminar el recorrido yo sola— me dice con comprensión. Estoy por contestarle cuando una enfermera la llama. —Ahora vuelvo— me dice cuando descubre que es situación de urgencia. Asiento y la empujo para que vaya a cumplir con su trabajo, dándole una sonrisa tímida para tranquilizarla. Agatha me lanza una mirada preocupada y luego corre con esos tremendos tacones hacia su oficina. Respiro hondo. Con pasos temblorosos me acerco a la habitación en la que está la paciente. La imagen que veo llena mi pecho de nostalgia y dolor. Mis padrinos, mis suegros, están en la habitación. Helen está en la cama del hospital con un aspecto enfermizo mientras que su esposo está a su lado cortando una manzana para ella y contándole algo que la hace reír. Inconscientemente, sonrío con ellos. Mi sonrisa se congela cuando pienso en “el innombrable”. Escaneo la habitación y para mi fortuna no lo veo, eso me hace soltar un suspiro de alivio. Antes de que me vean me escabullo hacia las escaleras. —Son ellos— digo en voz baja cuando me encuentro sola. Mi mente vuelve a la pesadilla o más bien, al recuerdo de mi triste y dolorosa huida, haciéndose más nítida, golpeándome fuerte, haciéndome recordar un detalle importante entre esas palabras. —No me volverás a hacer llorar y juró que regresaré por ti, te regresaré cada palabra, humillación y dolor. Regresaré para recuperar mi libertad.— Había dejado de lado esa promesa o más bien—la maldición griega que caerá sobre Michael Harris— digo con burla. Unos minutos después, más recompuesta y retomando toda la fuerza que he adquirido a lo largo de estos seis años, así como esa frialdad y seriedad que ahora me identifica, me preparo para salir de mi escondite. Antes de abrir la puerta un atisbo de sonrisa aparece en mis labios al recordar el apodo que mi “querida amiga” me ha puesto y por el que soy conocida en el hospital, mi bufete y mi propia fundación: la Diosa griega fría — y poderosa— digo en voz alta. Con esa seguridad continuo mi camino con firmeza rumbo a esa habitación para hacerle frente a mi pasado.
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