Capítulo 5. Reencuentro

1149 Palabras
Iris En cada paso que doy hacia la habitación de Helen Harris voy recobrando más la tranquilidad, estoy segura de que mi rostro también ha recuperado esa expresión inmutable, esa mascara que me ha servido para esconder mis emociones. Suelto un suspiro suave al mismo tiempo que tomo el picaporte. —Aquí vamos— digo en un susurro. Al ingresar en la habitación me encuentro con la mirada sorprendida y curiosa de mi amiga, una expresión realmente divertida. Supongo que al no verme en el pasillo pensó que no me reuniría con la paciente, como siempre. Ella sabe que no me gusta interactuar demasiado con las personas, mucho menos con los pacientes, es muy nítido el recuerdo de mi madre enferma y como fue perdiendo su vitalidad poco a poco, hasta que un día no volvió a abrir sus ojos. Ver a los pacientes y sus familiares me lleva a esos momentos de angustia y dolor guardados en mi memoria, y hacia otros rumbos oscuros de mi pasado que no quiero recordar, mucho menos ahora. Por eso, Agatha, además de ser la mejor oncóloga médico-quirúrgica del mundo, la investigadora principal de este proyecto y es el rostro de mi inversión y a veces de toda la Fundación Artemisa Martakis. Mi amiga siempre es quien recibe los abrazos y las felicitaciones de pacientes, familiares, y los reconocimientos hasta de los medios de comunicación. que bien merecidos los tiene. Sigo mi camino hasta quedar frente a la cama de Helen y su esposo, manteniendo mi pose fría y profesional. Ambos me ven con sorpresa y alegría, a pesar de la tensión que comienza a sentirse cada vez más en la pequeña habitación, y que está comenzando a sofocarme. —¡Iris!¡Mi pequeña! — dice emocionada mi suegra y estira las manos para abrazarme. La forma en que me llama y su mirada anhelante me hacen sentir nuevamente esa pequeña niña que corría feliz a sus brazos siempre que estaba triste, feliz o simplemente porque la quiero. Titubeo por un momento…pero me recupero rápidamente. —Buenas tardes, señores Harris— digo con seriedad, dando un paso atrás para mantener mi distancia de ellos y dejarles claro que no, ya no soy esa “pequeña”. Con una mirada de sorpresa y dolor, Helen baja sus brazos. Su esposo le da unas palmaditas tranquilizadoras en su hombro para después abrazarla, en una expresión clara de darle su apoyo. Michael Harris, el imponente hombre de negocios que tenía en mi memoria, ahora un poco más envejecido me regresa la mirada, pero no es una de enojo por la manera en la que le contesté a su esposa, sino que es una mirada tierna, llena de comprensión, como si entendiera los motivos por los cuales soy así de fría con ellos. Mi padrino me dedica una sonrisa que cambia toda su expresión de ternura a culpa y arrepentimiento. —¡Hola, Iris! — dice Michael padre. —Buen día— respondo tajante. —Sabíamos que eras tú quién estaba detrás de la Fundación. Es una hermosa conmemoración que lleve su nombre y que estés financiando este proyecto. Tu mamá estaría tan orgullosa de ti— Interrumpe Helen con su típica alegría y hablando a borbotones. Al final de su intervención su voz se quiebra al hablar de mi madre. Coloco mis manos en mi espalda para apretar los puños y así resistir las ganas de llorar y buscar su consuelo acurrucándome en sus brazos. “No Iris, no cedas”. —Sí, es en honor a mi madre. Tengo entendido que están aquí para ser parte del ensayo— digo con seriedad mientras me acerco a tomar la Tablet que contiene los datos de la paciente, con la clara intención de desviar la atención hacia lo importante: el por qué están aquí. —Eres igual a tu madre— dice con nostalgia Helen. Sus palabras me detienen en seco de mi lectura de su historial clínico. Tiene razón, cada día me parezco mucho más a mi madre. Su cabellera n***a, sus ojos grises, incluso la forma de su cuerpo… Mi padre la apodaba “Diosa griega”, la mujer más hermosa que había visto. Antes de regresar a casa para ese matrimonio horrible, Agatha comenzó a llamarme de esa manera porque cada día me parecía más a mi madre. Pero cuando regrese a Suiza con el corazón roto y cambie totalmente mi actitud, ella le agrego “fría” a ese apodo. Cada día me parezco más a mi madre y eso me hace sentir muy orgullosa, pero a la vez, triste y enojada porque me recuerda la crueldad de Michael. Ese marido “malnacido” siempre me echó en cara el no ser hermosa como mi madre, se burlaba de mí por no ser la digna hija de Artemisa Martakis, de ni siquiera tener una pizca de gracia, belleza y elegancia que tienen las mujeres griegas. Una sonrisa de burla se escapa en mi rostro. ¿Qué diría Michael cuando me vea? Cuando vea que su “nada hermosa ni digna esposa” es tan hermosa como Artemisa. ¿Qué dirá cuando vea a esta Diosa y belleza griega? Dejo con calma la Tablet en su lugar y volteo para ver a ambos, quienes esperan mi respuesta. —De parte de la Fundación Martakis agradecemos su confianza y esperamos que este ensayo les ayude a mejorar su salud y calidad de vida. Agatha Müller es la encargada de este proyecto y estará acompañándoles en todo momento. Con permiso— Asiento en dirección al matrimonio que no deja de verme con asombro y salgo de la habitación. Siento mi corazón acelerado y un nudo en la garganta. Estoy segura de que me voy a derrumbar, esto fue difícil. —Iris— la voz agitada de Michael Harris se escucha a mi espalda, pero sigo con mi camino, ignorándolo, pero caminando mucho más rápido. —Iris, dame unos minutos, por favor— Mi padrino llega hasta mí justo cuando entro al ascensor, visiblemente cansando por correr para alcanzarme. Lo veo con frialdad cuando toma la puerta para evitar que se cierre. Su mirada recorre mi rostro esperando algo…tal vez, cariño, añoranza, enojo… Al no encontrar nada parece que se rinde de su misión. —Lo siento, mi pequeña. Lamento mucho todos los errores que he cometido como padrino, como tu suegro, como el amigo de tus padres. Le prometí a Artemisa cuidarte y no lo hice. Lo siento. Espero puedas darnos unos minutos, tengo algo muy importante que decirte que te puede ayudar a recuperar tu vida— dice con solemnidad. Sin esperar mi respuesta suelta la puerta. Una lágrima traicionera se escapa por esa disculpa que, para ser honesta, no le corresponde a él, sino a su hijo. —¿Qué podría decirme? — digo confundida, repensando en sus palabras.
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