Emma Estaba en el coche con mis hombres cuando me dirigí a la pista donde estaba Xavier. El ruido de los motores y el olor a combustible siempre me devolvían cierta claridad. Al verme, él sonrió y me rodeó con un abrazo afectuoso. Yo no correspondí del todo; me mantuve fría. —¿Cómo está tu madre? —indagué. —Está a salvo —respondió—. Recuperándose. El alemán de cabello dorado y ojos verdes me observaba mientras caminábamos hacia la camioneta. Al subir, le ofrecí una botella de agua. La tomó y bebió sin dudar. —Xavier… —toqué su pierna con suavidad—. Te he extrañado. —Yo también, Emm, me he tocado pensando en ti, hermosa.—dijo, con una sonrisa que se desdibujó al instante—. ¿Qué… qué me has dado? —Nada que te haga daño —respondí, calmada—. Es un compuesto desarrollado en uno de nuestr

