El despacho de Donatello Fiorino se convirtió, a partir de ese momento, en un escenario de complicidad, donde las palabras sobre el caso se mezclaban con las miradas intensas y furtivas, junto a los roces “involuntarios” de sus manos. Sus miradas se cruzaban, nada tímidas mientras su relación, “profesional” parecía crecer día a día.
Y aunque Emily luchaba por mantener el enfoque, la atmósfera cargada de esa inconfundible tensión s****l entre ambos y la proximidad con su enigmático y peligroso jefe creaban un torbellino de emociones que hacían que cada día estuviera más ansiosa por esos encuentros con él a solas en su despacho.
A medida que avanzaban con el caso, la tensión s****l se volvía cada vez más palpable.
Donatello, con su pasión por la ley y su clara seducción, dejaba entrever una faceta más íntima de sí mismo que no solía mostrarle a ninguna mujer del bufete, o al menos nunca lo había hecho antes y eso también hacía que él se cuestionara lo que le estaba pasando con su joven pasante.
Emily, por su parte, se encontraba absolutamente cautivada por la forma en que su jefe combinaba la inteligencia con una presencia magnética y atrapante, y ese atractivo masculino que parecía exudar por cada poro de su metro casi noventa de estatura y ese cuerpo que parecía tallado por los mismos Dioses del Olimpo.
—Emily, tus ideas son innovadoras. Siempre es refrescante contar con una perspectiva tan aguda de alguien tan talentoso como tú —comentó Donatello un día, mientras sus miradas se encontraban de manera cómplice.
Ella sonrió, agradecida por el reconocimiento, pero también muy consciente de esa cosa sin nombre creciente entre ellos. La línea entre lo profesional y lo personal se volvía poco a poco más tenue, desdibujándose cada vez más, y Eme se comenzaba a preguntar hasta dónde llegarían sin tirar absolutamente todo lo que estaba sobre el escritorio para dar rienda suelta a sus pasiones.
Un nuevo roce accidental de sus manos mientras revisaban los documentos provocó una nueva chispa entre ellos. La electricidad que surgió de ese simple contacto nuevamente, se coló en la atmósfera, creando un juego de atracción imparable, como una bola de nieve que cada vez se hacía más grande. Emily sentía la aceleración de su pulso, y estaba segura de que Donatello también percibía lo que le estaba pasando.
—Creo que hemos cubierto lo esencial por hoy, Emily. Aprecio tu tiempo y esfuerzo en este caso, eres maravillosa — dijo entonces Donatello, pero su mirada sugería que eso último iba más allá de lo laboral. Así que ella no pudo evitar sonrojarse de esa forma que él consideraba adorable.
Al salir del despacho, la joven pasante, sintió una mezcla de emociones. La excitación de la conexión creciente se mezclaba con la incertidumbre sobre las implicaciones de eso que le estaba pasando con Donatello Fiorino. A fin de cuentas, nunca había estado con un hombre como él en su vida. Y todo acerca de él le fascinaba y con cada encuentro ese sentimiento se exacerbaba más y más. Al punto de que las implicaciones de alguna posible relación con él habían dejado de importarle.
Los días que siguieron se volvieron aún más intrigantes. Los encuentros profesionales se entrelazaban con momentos personales, como almuerzos compartidos en la oficina y miradas íntimas. La tensión entre Eme y Don parecía estar llegando a su punto cúlmine, y para ese punto ambos eran plenamente conscientes de que ese “algo” que les estaba pasando a los dos.
Una tarde, él decidió enfrentar la situación de frente. Después de una reunión intensa sobre el caso, le pidió a Emily que se quedara y cerró la puerta con traba detrás de ella, generando una gran expectativa y un nudo en el estómago de la muchacha.
—Emily, necesitamos hablar sobre esto —dijo él, mirándola directamente a los ojos de modo en que ella se estremeció de la cabeza a los pies.
Donatello la observó intensamente mientras ella lo miraba a su vez con una mezcla de seriedad y curiosidad.
—¿Sobre qué? — preguntó casi inocentemente.
— Sobre esto…— murmuró él y acortó la distancia que los separaba.
Don tomó suavemente el rostro de Eme entre sus manos, acercando sus labios a los de ella. La habitación quedó suspendida en un momento de anticipación, como si el tiempo mismo se detuviera para presenciar el encuentro apasionado que estaba a punto de desatarse.
Donatello, con una destreza propia dada sus habilidades amatorias, cerró lentamente la distancia entre sus labios y los de la joven. El silencio se rompió con el suave susurro de sus respiraciones entrelazadas y sus gemidos. Los ojos de Emily se cerraron instintivamente, entregándose al deseo que ardía entre ellos, mientras él se adueñaba posesivamente de sus labios.
El beso comenzó con suavidad, para luego intensificarse en un in crescendo apasionado. Los labios de Don exploraron los de Eme lamiendo su boca por dentro, con su lengua que penetraba sus labios, provocando un torbellino de sensaciones que estremecieron a la muchacha hasta dejarla temblorosa. La habitación se llenó de una energía estática, un magnetismo que los envolvía y los absorbía en el éxtasis del momento. Mientras tanto Don como Eme, se entregaban mutuamente en ese momento, finalmente uno en los brazos del otro.
Para Emily, cada roce de los labios de Donatello era como una ráfaga de fuego que encendía su piel y despertaba cada fibra de su ser. Su corazón latía al ritmo de un galope desenfrenado, y sus sentidos se vieron inundados por la crudeza de la excitación y el deseo compartido por ambos, mientras él aferraba su cuerpo y frotaba su dureza contra su sensible entrepierna.
A medida que el beso se profundizó, Donatello y Emily se entregaron a ese fuego devorador que los consumía. Las manos fuertes de Don se deslizaron por la espalda de Emily, acercándose aún más, hasta llegar a su trasero y tomarlo por sus cachetes por sobre la falda sin ningún tipo de vergüenza ya.
El sonido del teléfono los sacó de ese embrujo. Emily sintió como casi a regañadientes él separó sus labios de los de ella aunque no la soltó del todo. Simplemente atendió todavía aferrando parte de su cuerpo, la llamada. Luego de cortar, clavó sus oscuros ojos en ella y sus miradas se encontraron en un silencio que resonaba con el eco de la habitación. Donatello acarició suavemente el rostro de Emily con el pulgar, hasta llegar a sus labios carnosos por sobre los que deslizó el mismo de un modo muy erótico.
—Emily —murmuró Donatello, con la voz ligeramente ronca por la intensidad del momento—. Mi hermosa y bella Emily, que haré contigo…