Los días siguientes transcurrieron en una relativa calma en la casa. Eme continuaba con su rutina diaria, dedicándose a Tim principalmente, mientras evitaba conscientemente a Don. Por su parte, Don respetaba su espacio, tratando de no presionarla, aunque el deseo de hablar sobre su futuro -y no solo de eso- seguía latente en él. Cada mañana, Tim se despertaba con el mismo entusiasmo de siempre, y Fido, su nuevo y leal compañero, no se separaba de su lado. Las mañanas comenzaban con paseos por el jardín, seguidos de desayunos con su papá y su mamá, y en ocasiones este volvía más temprano para seguir con su proyecto del auto a escala. Eme observaba con una mezcla de ternura y tristeza cómo su hijo disfrutaba de estos momentos, sabiendo que las decisiones que tomaría en el futuro cercano p

