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Renacer Plateado

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Descripción

✨Renacer Plateado✨Aurora ha vivido toda su vida siendo rechazada por su manada. A los 18 años, sigue sin haber despertado a su loba interior, y eso la convierte en una vergüenza para los suyos. Huérfana, sola y maltratada, su existencia parece condenada… hasta que la muerte la alcanza.Pero la Diosa de la Luna no ha terminado con ella. Aurora renace en el cuerpo de la hija del Alpha de otra manada, una familia que la ama sin condiciones… y donde su verdadera fuerza comienza a despertar.Nuevas oportunidades, secretos del pasado y un destino que ni los dioses podrán detener.¿Estás lista para renacer con ella?

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ONE
LA NOCHE DE LA VERGÜENZA El viento helado se colaba entre los árboles del claro, donde la manada ya se había reunido. Antorchas iluminaban los rostros expectantes, algunos llenos de orgullo, otros de simple curiosidad. Aurora, de pie junto a otros jóvenes, sentía cómo sus manos temblaban pese a que trataba de mantener la compostura. Esta noche debía ser su consagración. La noche en que por fin demostraría que era digna de la sangre que corría en sus venas. La noche en que su lobo finalmente despertaría. Pero dentro de ella, la incertidumbre era un peso difícil de ignorar. Había esperado dos años más que los demás. A los dieciséis, la mayoría de sus compañeros ya habían sentido el llamado de la Diosa de la Luna. A los dieciséis, ella solo había sentido silencio. Hoy cumplía dieciocho. Hoy era su última oportunidad. Y estaba completamente sola. Aurora era huérfana desde pequeña. Su madre había muerto al darle vida, y su padre —un guerrero de la manada— nunca regresó de una batalla fronteriza. Sin familia que la protegiera, había crecido como una sombra entre los demás: tolerada por compromiso, despreciada en secreto. Para ellos, Aurora era una carga, un recordatorio de que no todos los cachorros nacían iguales. Su nombre, Aurora, evocaba la idea de renacer, pero para ella, su vida nunca había sido más que una sucesión de momentos dolorosos, uno tras otro. Tenía la piel pálida, una altura de 1.65 cm, y unos ojos color miel que reflejaban su alma herida. Su cabello, blanco como la nieve, era su rasgo más distintivo. En una manada que valoraba la fuerza y la belleza salvaje, esa blancura no era vista como algo especial, sino como una rareza. A pesar de ser hermosa, la pobreza había dejado su huella en ella. No tenía ropa decente, solo lo que el poco dinero que ganaba como sirvienta le permitía obtener. Casi no comía, pues cada día su hambre era reemplazada por el miedo constante a no ser lo suficientemente buena, a no ser digna de su lobo. Las palabras del Alpha resonaron por encima del murmullo de la multitud. —Hoy, bajo el testimonio de la Luna, veremos a nuestros jóvenes abrazar su destino. Uno a uno, los chicos a su lado cerraron los ojos, invocando a sus lobos. Uno a uno, los cuerpos empezaron a estremecerse, a cambiar. Huesos crujieron, piel se rasgó, y en cuestión de segundos, majestuosos lobos de todos los tamaños y colores se materializaron bajo la mirada orgullosa de sus familias. Aurora respiró hondo. Cerró los ojos. "Por favor, por favor, por favor", rogó en su interior. Invocó el vínculo que tantas veces había intentado encontrar en vano. Nada. Un zumbido sordo llenó sus oídos. Su pecho se oprimió hasta doler. Nada. Los murmullos comenzaron a crecer como un enjambre de avispas. —Otra vez no… —susurró alguien. —Qué vergüenza… —escupió una anciana. Aurora abrió los ojos. Las lágrimas amenazaban con traicionarla, pero se obligó a no derramarlas. No frente a ellos. El Alpha bajó del estrado, su rostro pétreo de decepción y desdén. Caminó despacio hasta quedar frente a ella. Aurora bajó la cabeza, humillada. —No eres digna —dijo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte como para que todos escucharan. Un silencio pesado cayó sobre el claro. Un silencio lleno de juicio. Aurora sintió cómo las miradas la atravesaban, como cuchillos. Deseó ser tragada por la tierra. Deseó ser otra persona. Deseó haber tenido a alguien —una madre, un padre, un hermano— que la defendiera. Pero no había nadie. Sólo ella, su vergüenza, y la Luna observando desde arriba. —Mañana al alba —dijo el Alpha, sin emoción—, emprenderás una misión de redención. —¿Qué misión? —preguntó Aurora, su voz quebrada. El Alpha sonrió. No fue una sonrisa amable. —Ir al Bosque de las Sombras. Recuperar la Marca de Piedra. —¿Sola? —se atrevió a preguntar. El murmullo se tornó en risas crueles. El Bosque de las Sombras. Un lugar del que incluso guerreros experimentados regresaban mutilados… o no regresaban. Era una sentencia de muerte disfrazada de misión. —Si tienes un lobo —gruñó el Alpha, dándole la espalda—, sobrevivirás. Aurora sintió cómo el frío calaba en sus huesos mientras la manada se dispersaba, dejándola sola en el centro del claro. Sola, como siempre había estado. Caminó hasta el borde del bosque. No podía dormir. No podía comer. El miedo era una sombra apretándole la garganta. Se sentó bajo un árbol, abrazando sus rodillas contra el pecho, mirando la Luna a través de las ramas desnudas. ¿Por qué yo?, pensó. ¿Tan mal había nacido? ¿Tan rota estaba que ni siquiera su lobo la quería? Aurora dejó caer una lágrima silenciosa. No era la primera noche que lloraba. Pero sí sabía, en lo profundo de su ser, que sería la última. —Diosa de la Luna… —susurró, con la voz rasgada por el llanto—. Si hay algo de bondad en ti… por favor… no me olvides. La Luna brillaba, indiferente, en lo alto. O al menos, eso creyó Aurora. Porque en ese instante, en algún lugar más allá de las estrellas, una fuerza antigua escuchó su súplica. Y sonrió. Aurora se adentró en el bosque helado, el frío calando hasta los huesos, pero no había vuelta atrás. La misión era clara, o al menos eso le dijeron. Recuperar la Marca de Piedra, o morir intentando. Las sombras de los árboles parecían moverse con vida propia, y en el aire flotaba una sensación de traición. Algo estaba mal, pero no tenía elección. Caminó por el oscuro sendero, observando cada crujido bajo sus pies, cada brisa que rozaba su piel. Los rastros de otros lobos eran visibles en el suelo cubierto de nieve, huellas distorsionadas por el viento, pero aún reconocibles. Sentía que los ojos de la manada la acechaban, como si todo el bosque estuviera conspirando contra ella. Miró hacia atrás, pero no había nada, sólo sombras y más sombras. El viento aulló entre los árboles, y, en el silencio que lo siguió, escuchó un ruido. Un crujido detrás de ella. Giró rápidamente, su corazón se aceleró, y antes de que pudiera reaccionar, un sonido gutural emergió de las sombras. Algo se movió rápidamente hacia ella, una bestia salvaje de garras afiladas y ojos brillantes. Sin tiempo para defenderse, fue atacada, arrastrada por el suelo, sus gritos se ahogaron en el rugido de la criatura.

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