TWO

1174 Palabras
La lucha fue corta. Aurora, débil y cansada, se desplomó, herida gravemente. Con cada movimiento, sentía cómo la vida se le escapaba de las entrañas. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. El bosque estaba callado, sólo el crujido de los árboles acompañaba su caída. Alzó la mirada al cielo, buscando la Luna. “Diosa de la Luna...”, susurró en sus pensamientos, entre sollozos. “Si hay algo de bondad en ti… por favor… ayúdame…” Las lágrimas caían por sus mejillas, heladas al contacto con el viento. No tenía fuerzas para más. El frío se adueñaba de su cuerpo, y la oscuridad la envolvía con cada latido de su corazón. Sabía que su vida se desvanecía. Entonces, todo se volvió oscuridad. Ya no estaba en el bosque, ni había ninguna criatura acechándola. Estaba completamente sola, flotando en la nada. De repente, una luz brillante apareció, etérea y cálida, envolviéndola como un abrazo. Una figura resplandeciente emergió de esa luz, y Aurora la observó desconcertada, incapaz de comprender lo que ocurría. Después de un momento de duda, se atrevió a preguntar: —¿Eres Selene? La figura asintió. Era Selene, la Diosa de la Luna. Su voz resonó en su mente, suave pero firme. —Tu alma ha sufrido lo suficiente, Aurora. Has sido rechazada, traicionada, y olvidada. Pero no eres una carga. Eres una guerrera. Y te ofrezco lo que mereces: una segunda oportunidad. Aurora sintió su cuerpo sucumbir al dolor. Pero no era un dolor físico; era el dolor de toda su vida rota, el peso de la humillación y la tristeza. Su alma, ligera como el aire, comenzó a elevarse, como si fuera transportada a otro lugar. La luz la envolvía, se sentía liviana, como si todo lo que la había atormentado se desvaneciera en el aire. Sintió que su cuerpo moría, pero su alma flotaba hacia algo cálido, algo lleno de amor y protección. Su dolor desapareció, y todo lo que quedó fue una sensación profunda de paz. En ese momento, el último latido de su corazón marcó el fin de su sufrimiento. Dos días después. Aurora abrió los ojos lentamente, sintiendo una extraña calidez que la envolvía. Ya no estaba en el frío y oscuro bosque. A su alrededor, una habitación cómoda y acogedora, con una luz tenue filtrándose a través de unas cortinas blancas, le daba la bienvenida. Se incorporó con lentitud, y de inmediato, dos personas se acercaron con evidente preocupación. —¡Aurora, Aurora, estás despierta! —exclamó una voz suave, aliviada. Aurora frunció el ceño, confundida. Observó los rostros desconocidos, sintiendo un leve escalofrío. —¿Quiénes son? ¿Dónde estoy? —preguntó con cautela, su voz quebrada por la incertidumbre. Entonces, una voz resonó dentro de su mente, serena y clara, como un susurro cálido: —Estás en casa. Esta es tu familia ahora, Aurora. Aurora se tensó, mirando a su alrededor, buscando a la dueña de esa voz. —Oh, lo siento, no me presenté —continuó aquella presencia en su mente—. Soy Doroty, tu loba. Su corazón dio un vuelco. El nudo en su pecho se rompió, y un grito escapó de su garganta, desbordado de emoción y sorpresa, haciendo que todos los presentes se sobresaltaran. —¡Tengo una loba! —exclamó con incredulidad y felicidad, con los ojos muy abiertos. Las personas a su alrededor se miraron y sonrieron con alivio. —Cariño, nos alegra tanto que hayas despertado —dijo la mujer junto a su cama, su voz y mirada llenas de ternura. En ese momento, un hombre de bata blanca entró en la habitación. Su expresión era seria, pero al verla consciente, se suavizó ligeramente. —Vamos a hacer unas pruebas para asegurarnos de que todo esté bien —anunció mientras se acercaba con su instrumental médico. Aurora se acomodó en la cama mientras el doctor revisaba sus signos vitales. Él alzó una ceja, observándola detenidamente. —Hace dos días, tu cabello se volvió blanco —comentó con tono preocupado—. Nos asustamos mucho. Aurora se llevó una mano al cabello, notando la suavidad sedosa del blanco que ahora lo cubría. Sonrió levemente. Además de su alma, su color de pelo también la había seguido hasta aquí. —Doctor, parece ida —susurró la mujer bondadosa a su lado, mirándola con ternura. —Es normal —respondió el médico—. El golpe que se dio al desmayarse fue bastante fuerte. Justo en ese instante, una mujer distinta al resto ingresó en la habitación. Llevaba vestimentas sencillas pero elegantes, y una energía diferente flotaba a su alrededor. —Ya llegué, doctor. Pero al ver a Aurora despierta, se detuvo con sorpresa. —¿Despertó? ¿Y ya está bien? Aurora estaba completamente desconcertada. —¿Alguien me puede decir qué está pasando, por favor? La mujer se acercó con una sonrisa. —Oh, déjame presentarme, señorita. Soy una curandera. Las palabras salieron solas de los labios de Aurora: —¿Una bruja? Todos soltaron una risa ante su comentario, incluida la mujer, quien asintió con orgullo. —Estoy a cargo, junto con el doctor, de tu recuperación —respondió con amabilidad. —¿Y yo qué tenía? —preguntó Aurora, aún algo perdida. —Tenías una enfermedad muy rara, que debilitaba tu cuerpo día a día —explicó la curandera—. Pero ahora, viéndote, no siento ni un rastro de ella. En ese momento, un hombre alto, de presencia imponente, ingresó a la habitación. Su porte irradiaba autoridad, pero al ver a Aurora, sus rasgos se suavizaron por completo. Sin pensarlo dos veces, se acercó rápidamente y la abrazó con fuerza. Aurora, desconcertada, se alejó ligeramente. Tal vez el golpe en la cabeza la había hecho delirar... eso debía ser. —Su hija tiene pérdida de memoria —explicó el doctor en voz baja. ¿Alpha? ¿Hija? ¿Qué demonios estaba pasando? —Oye, cariño, te sienta muy bien ese color de pelo —dijo el hombre con una sonrisa cálida, volviéndose hacia la mujer bondadosa que no se había separado de la cama. La rodeó con el brazo y la besó con dulzura. —Mi amor —dijo a ella—, nuestra hija se ve mejor. ¿Ya avisaron a Damián que Aurora despertó? —¿Quién es Damián? —preguntó Aurora, completamente perdida. —Cariño —intervino la mujer—, Damián es tu hermano mayor. Él es tu padre el Alpha de esta manada. Su nombre es Dominic —dijo señalando al hombre— y yo soy tu madre, me llamo Alicia. Estás en la manada Luna Llena. Aurora sintió un nudo en la garganta. ¿Una madre? ¿Un padre? ¿Un hermano? Su mente apenas podía asimilarlo. Por un instante, pensó que era una ilusión, una fantasía creada por su deseo más profundo antes de morir. Pero las lágrimas que amenazaban con brotarle no eran de dolor, sino de alegría. Porque por primera vez... se sentía querida. Aurora no podía creer lo que estaba pasando.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR