El doctor terminó de revisar sus signos vitales y, tras una última mirada aprobatoria, se apartó con una leve sonrisa.
—Estás bien, pero cualquier cosa extraña, avísanos de inmediato —indicó con tono profesional, antes de salir de la habitación.
Aurora aprovechó el momento para preguntar con timidez:
—¿Puedo asearme? Me gustaría darme una ducha… ¿Dónde está el baño? ¿Y mi ropa?
Alicia, que no se había separado de su lado en todo momento, asintió con dulzura.
—Por supuesto, cariño. El baño está por esa puerta —dijo señalando con la mano—. Y en ese clóset tienes toda tu ropa. Escoge lo que más te guste.
Acto seguido, todos comenzaron a salir de la habitación para darle privacidad. Pero justo antes de que la puerta se cerrara del todo, una voz volvió a resonar dentro de su mente.
—Sé que esto es complicado, pero juntas vamos a lograrlo —dijo Doroty, su loba, con un tono sereno y firme.
Aurora frunció el ceño, deteniéndose.
—¿De qué hablas, Doroty?
—Que yo tampoco soy de este cuerpo, cariño. También vine contigo.
Aurora se quedó inmóvil. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su pecho se agitaba por la intensidad de las emociones.
—¿Y por qué no apareciste antes? —sollozó en silencio—. Me habrías evitado una humillación… una muerte...
—Lo siento, mi niña —susurró Doroty con pesar—. Tu antiguo cuerpo no era lo suficientemente fuerte. No podía soportarme.
Aurora apoyó la frente en la pared, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
—¿Y esta chica… también se llamaba Aurora?
—Exacto, cariño. Ambas nacieron el mismo día. Fue como si el destino dividiera lo que debías ser: ella se quedó con el cuerpo fuerte, y tú con el alma. Y ahora, al final, se reunieron.
Aurora cerró los ojos, abrumada por la revelación.
—¿Me estás diciendo que… esta vida es la que siempre debí llevar?
Doroty no respondió con palabras, pero Aurora sintió claramente cómo su loba asentía con el hocico, suave y comprensiva, dentro de su mente.
—Eso es todo lo que sé —dijo finalmente Doroty—. Así que no preguntes más, ¿de acuerdo?
Aurora suspiró, limpiándose las lágrimas. Luego se dirigió al baño con pasos tranquilos.
Al abrir la puerta, se encontró con un espacio amplio, cálido, y perfumado con esencias florales. Entró en la ducha y dejó que el agua tibia acariciara su piel. Hacía tanto tiempo que no sabía lo que era una ducha de verdad. En su antigua vida, solo podía asearse en el lago: brazos, piernas y cara, apenas para mantenerse medianamente presentable.
Pasó largos minutos bajo el chorro de agua, permitiendo que no solo su cuerpo, sino su alma comenzara a limpiarse también.
Cuando salió, se envolvió el cuerpo con una toalla suave y otra en el cabello. Caminó hasta el clóset, y al abrirlo, se quedó sin aliento. La ropa colgada allí era hermosa, de telas tan finas que le daba miedo tocarlas. Había vestidos vaporosos, chaquetas de cuero, prendas bordadas a mano…
Pero ella solo buscó lo más sencillo: una blusa de manga larga, un jean cómodo y unos tenis blancos. Se vistió con cuidado, y luego soltó su cabello, permitiendo que cayera libremente por su espalda.
En su antigua manada decían que su cabello era una maldición. Pero ahora, con el sol filtrándose por la ventana, pudo ver los destellos plateados que brillaban entre los mechones blancos. Era precioso. Su cabello era una joya viva, y por primera vez… se sintió orgullosa de él.
Aurora caminaba entre Damián y Alpha Dominic, sintiendo el peso de cada paso como si fuera observado por mil ojos invisibles. Los pasillos se abrieron hacia un salón amplio, de techos altos con vigas de madera oscura y grandes lámparas colgantes que iluminaban todo con una calidez dorada. El comedor estaba lleno.
Personas de distintas edades y apariencias estaban sentadas alrededor de una larga mesa central, y al verla aparecer, todos se levantaron. El silencio cayó como una manta. Casi podía escuchar su respiración agitada.
—Aurora, bienvenida a casa —dijo Dominic con voz firme, pero cargada de orgullo.
Un murmullo recorrió la sala, y varios bajaron la cabeza en señal de respeto. Aurora se sintió paralizada.
—Relájate, solo están sorprendidos —susurró Damián a su lado con una sonrisa, apoyando una mano cálida en su espalda.
Una mujer joven de cabello rizado y mirada filosa fue la primera en avanzar. Llevaba ropa de entrenamiento y tenía el aire de alguien que no se dejaba intimidar por nada ni nadie.
—Soy Helena, Beta de esta manada —dijo con voz fuerte y clara—. No sé si lo recuerdas, pero solías competir conmigo por todo. Eras insoportable.
Aurora abrió los ojos, confundida, pero Helena soltó una carcajada y la abrazó rápidamente.
—Me alegra verte de nuevo, albina.
—Gracias… —murmuró Aurora, todavía en shock.
Luego se acercó un chico de unos 19 años, delgado pero con mirada astuta.
—¿De verdad esta es Aurora? —preguntó en voz baja a Damián—. Pensé que sería más... no sé, temible.
—Liam —gruñó Dominic.
—¡Ya voy! Solo era un comentario —replicó el chico, alzando las manos y lanzándole una sonrisa encantadora a Aurora—. Soy Liam, el más divertido de esta casa. Y según tú, el que peor cocina. Aunque sigo en desacuerdo.
Aurora no pudo evitar sonreír.
Damián la guió hasta un asiento junto a él. Todos volvieron a sentarse, y poco a poco, el ambiente se volvió más relajado. Conversaciones, risas, platos sirviéndose. Aunque aún sentía algunas miradas curiosas sobre ella, por primera vez en años no había odio. No había humillación. Solo sorpresa… y esperanza.
Dominic alzó su copa.
—Brindemos por el regreso de nuestra hija. La Luna ha sido generosa.
—¡Por Aurora! —corearon varios.
Aurora miró a su alrededor, con los ojos ligeramente vidriosos. Tal vez aún no entendía todo. Tal vez el pasado era una herida abierta. Pero en ese momento, con el corazón latiendo rápido y rodeada de rostros desconocidos que la trataban como alguien valiosa…
…por primera vez, sintió que sí pertenecía y le rogaba a la Diosa Sellene que esto no fuera un sueño.