FOUR

1024 Palabras
Mientras la comida avanzaba, Aurora se relajó un poco más. Damián no paraba de hablar, contando anécdotas graciosas o interrumpiendo con comentarios sarcásticos que provocaban risas aquí y allá. En medio de una pausa, Aurora lo miró con curiosidad. —Oye, Damián… ¿cuántos años tienes? Él levantó una ceja mientras se llevaba una copa a los labios. —Veinticinco. ¿Por qué? —No deberías ser nombrado Alpha ya a esa edad? —preguntó, genuinamente intrigada. Damián soltó una carcajada, tan fuerte que casi derrama su bebida. —Primero, no he encontrado a mi Luna —dijo con una sonrisa torcida—. Y hasta que no la encuentre, no puedo acceder al título. Y segundo… el muy orgulloso señor que está allá —señaló con el pulgar a Dominic, que comía con calma— no quiere entregar el puesto. Alpha Dominic alzó la mirada, clavándola en su hijo con fingido reproche, aunque sus labios ya esbozaban una sonrisa. —¿Por qué no dices la verdad? Que no eres lo suficientemente maduro para llevar el puesto. Algunas risas suaves se escaparon por la mesa. Damián bufó teatralmente, cruzándose de brazos como un niño ofendido. —Ignóralo. No quiere aceptar que ya está viejo. —Damián —intervino Alicia con tono dulce pero firme desde el otro lado de la mesa—. Deja de estar metiéndole cosas en la cabeza a tu hermana. Apenas se está adaptando. Damián levantó las manos en gesto de rendición. —Solo le digo la verdad… a mi manera. Cuando la cena terminó, Aurora se sintió satisfecha por primera vez en mucho tiempo. La comida había sido deliciosa, y el ambiente cálido, aunque nuevo, le resultaba cada vez más acogedor. Fue entonces cuando Damián se levantó de su asiento y se giró hacia ella con una sonrisa entusiasta. —¿Lista para un recorrido por la manada? Antes de que Aurora pudiera responder, la voz autoritaria de Alpha Dominic se impuso: —Cuídala bien, Damián. No la metas en problemas, ¿entendido? —Sí, padre —respondió él, llevándose una mano al pecho en gesto exagerado de obediencia. Alicia se acercó para darle un beso en la frente a Aurora y le acarició suavemente el cabello con ternura. —Disfruta el paseo, querida —dijo con una sonrisa tranquila. Sin más, Damián tomó a Aurora del brazo y comenzó a guiarla fuera del comedor, casi arrastrándola con su entusiasmo. Apenas habían salido cuando Helena se les unió con paso rápido. —Oye —dijo Helena, mirándolos con curiosidad—, ¿cómo se le volvió así el cabello? Damián se encogió de hombros. —No lo sé… Hace un par de días empezó a cambiar. Aurora bajó la mirada, un poco incómoda. Sentía que todos la miraban distinto desde que despertó, como si fuera especial, diferente… ¿anormal? Pero entonces Helena soltó un comentario que le reconfortó el alma: —Te queda increíble, Aurora. Aurora alzó la mirada y sonrió sinceramente. —Gracias, Helena. —Oye, Damián —intervino ella otra vez—, ¿cuándo la van a dejar entrenar de nuevo? Debe tener los músculos atrofiados de tanto tiempo sin moverse. Damián rodó los ojos como si eso le molestara un poco. —Por mí estaría entrenando desde que abrió los ojos —respondió—, pero el doctor fue claro. Nada que la exalte todavía. En ese momento, unos aullidos profundos y lejanos rasgaron el aire. El ambiente cambió de inmediato. Los ojos de Damián se tornaron más claros. Estaba comunicándose por el enlace mental. De pronto, giró bruscamente hacia Helena. —¡Llévala a su cuarto, ahora! ¡Que no salga de allí hasta que yo mismo vaya por ella! Aurora sintió que el pecho se le apretaba. —¿Qué está pasando, Helena? La joven la tomó de la muñeca con firmeza, pero sin agresividad, y comenzó a guiarla a paso rápido por el pasillo. —El príncipe licántropo está aquí —susurró—. No sabemos qué quiere, y tu hermano solo quiere protegerte de cualquier riesgo. Aurora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El corazón le latía con fuerza mientras corrían por los pasillos. Algo importante estaba por suceder… algo que podría cambiarlo todo. Damián llegó hasta la frontera del territorio con paso firme, justo a tiempo para ver una imponente figura acercarse entre los árboles. No pudo evitar sonreír al reconocerlo. —¿Hola? ¿Y ese milagro? —dijo con tono relajado, cruzándose de brazos. El recién llegado levantó una ceja, pero no respondió de inmediato. Damián era una de las pocas personas que se atrevía a hablarle así. Años atrás, ambos se habían ayudado mutuamente en un caso complejo con un grupo de pícaros, y aunque no era una amistad común, habían forjado un lazo de respeto y cierta camaradería. Era extraño ver a alguien tan temido tener una conexión como esa. El príncipe licántropo imponía con solo estar presente. Su sola figura parecía diseñada para intimidar: superaba fácilmente los dos metros de estatura, tanto que cada vez que cruzaba una puerta debía inclinarse ligeramente. Su cuerpo musculoso y perfectamente definido hablaba de años de entrenamiento y batallas. El cabello n***o como la tinta caía con descuido sobre su frente, contrastando con la barba bien cuidada que enmarcaba su mandíbula firme. Pero lo más impactante eran sus ojos: negros, intensos, más oscuros que la noche misma. Mirarlos era como asomarse a un abismo. Durante un centenar de años había vivido en soledad. Según una antigua profecía, su linaje fue maldito. No encontró a su pareja al alcanzar la mayoría de edad como lo hacían los demás. Todo se debía a los pecados de su padre, un rey cruel y sediento de poder que, en su afán de dominar más territorios, había asesinado a inocentes sin remordimiento. Entre esas víctimas, se encontraba la hija de una poderosa bruja, quien maldijo a toda su descendencia: ningún heredero encontraría a su compañera destinada hasta que el linaje pagara por sus crímenes. Y así, él había vagado por un siglo, solo, condenado a buscar a quien no debía encontrar… hasta ahora.
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