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1456 Palabras
El entrenamiento avanzaba con rapidez. Aurora, aunque algo torpe al principio, comenzaba a adaptarse al ritmo, sorprendida por la memoria de su cuerpo. Cada paso, cada giro, cada golpe… era como despertar partes dormidas de sí misma. —Muy bien —dijo Axel tras unos minutos—. Descansa un poco y luego cambiarás de compañero. Jadeando, Aurora asintió y se apartó hacia el borde del campo de entrenamiento. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Fue entonces cuando lo vio. Liam. Estaba a unos metros, entrenando con otro lobo. Su postura era firme, su mirada enfocada… pero apenas la notó, se detuvo. Por un instante, sus miradas se cruzaron. Aurora sintió un nudo en el estómago. Había algo en sus ojos: una mezcla de nostalgia, duda… y dolor. —Ignóralo —dijo una voz a su lado. Aurora giró. Era Sebastián, con los brazos cruzados y una expresión tensa mientras observaba a Liam. —No te hará daño —continuó—. Le dejé claro que si lo volvía a intentar… no habría advertencia. —Gracias —murmuró Aurora, sinceramente aliviada. —No tienes que agradecerme —respondió él con firmeza—. Eres mi mejor amiga y parte de esta manada. Te cuidamos. Punto. En ese momento, Helena se acercó con su cabello trenzado y una sonrisa traviesa en los labios. —Oye, Aurora —dijo animadamente—. ¿Quieres practicar conmigo ahora? —¿Contigo? —preguntó ella, sorprendida. —Claro, como en los viejos tiempos. Y si logras derribarme, te haré un pastel esta noche —añadió, guiñando un ojo. Aurora rió suavemente. Por primera vez, comenzaba a sentirse parte de algo. —Trato hecho —dijo, aceptando el desafío. Ambas se colocaron en posición, listas para entrenar. Desde el otro lado del campo, Liam las observaba en silencio, los puños apretados, la mandíbula tensa. No se movió. No dijo nada. Pero en su mirada se mezclaban la culpa, la impotencia… y algo más difícil de definir. Sebastián lo notó. Se acercó a él despacio, sin disimular su tono firme. —No te acerques a ella —le dijo en voz baja, tajante—. Tu oportunidad se acabó. Ahora tiene un compañero. No le compliques la vida… o te la complico yo. En serio. Liam apretó la mandíbula, pero no respondió. Mientras tanto, Aurora y Helena comenzaron su combate. Hubo risas, empujones, caídas y algunos golpes suaves pero precisos. Aunque Aurora no logró derribarla, recibió un fuerte abrazo de su compañera… y la promesa del pastel. —No lo hiciste nada mal para tu primer día —comentó Sebastián al pasarle un brazo por los hombros, caminando con ella hacia la casa. —¿Crees que estoy lista para seguir entrenando todos los días? —preguntó ella, con esperanza en los ojos. —Lo estás —afirmó él—. Solo necesitas consistencia… seguir adelante, sin rendirte. Aurora sonrió, y por dentro sintió que, tal vez, ese lugar podía ser su hogar. —Oye —dijo de pronto, mirándolo de reojo—, ¿aún tienes la cicatriz plateada? Sebastián se llevó los dedos al labio, tocándola con una sonrisa. —Sí. Me gusta —respondió—. Parece que tuviera un aro… me hace ver más rudo. Ambos soltaron una carcajada. Después del entrenamiento, Aurora y Sebastián regresaron a la casa principal, aún entre risas y con los cabellos alborotados por el ejercicio. Al entrar, el aroma a pan recién horneado y café los envolvió como un abrazo cálido. La mesa del comedor estaba servida con esmero: frutas frescas, huevos revueltos, pasteles, jugos… y en el centro, una cesta rebosante de panecillos. —¡Oh, por la Diosa! —exclamó Aurora con los ojos brillando—. ¡Tengo hambre! Sin esperar más, agarró a Sebastián de la muñeca y lo arrastró con ella hacia la mesa. —Ven, siéntate a mi lado —dijo sonriendo con descaro mientras lo empujaba suavemente hacia la silla junto a la suya. Sebastián soltó una carcajada, dejándose llevar. En la cabecera de la mesa, Dominic, el Alpha, levantó la mirada del plato y la observó con una mezcla de orgullo y ternura. —¿Y bien? —preguntó con su voz profunda—. ¿Cómo te fue en el entrenamiento, cachorra? Aurora sonrió con entusiasmo mientras se sentaba. —Creo que bien, padre. Pero antes de que pudiera decir más, Sebastián intervino con una risa burlona. —Fue todo un desastre —dijo, tomando un panecillo. Aurora lo volteó a mirar con fingida indignación. —¡Tú dijiste que había estado bien para mi primer día! Él se encogió de hombros con una sonrisa pícara. —Y lo fue… pero eso no quita que te hayas caído tres veces solita. Ambos rieron justo cuando Alicia, la Luna de la manada, se acercó y les sirvió jugo con una sonrisa. —Lo importante es que lo intentaste, cielo —dijo dulcemente, acariciándole el cabello—. Estamos muy orgullosos de ti. En ese momento, Damián entró al comedor con el cabello revuelto y sudado por el entrenamiento. Se detuvo en seco al ver a Sebastián sentado justo al lado de Aurora. —Oye… ese es mi lugar —protestó, cruzándose de brazos. Aurora le lanzó una sonrisa inocente. —Llegaste muy tarde, querido hermano. Damián rodó los ojos y se fue a sentar justo enfrente de ella. Al acomodarse, la miró con fingido dramatismo. —Traidora. Aurora soltó una carcajada mientras Sebastián se servía jugo y le pasaba un plato. —Pobrecito, no puede con el abandono —bromeó ella. —Y tú no puedes con tu torpeza —replicó él, guiñándole un ojo. La mesa estalló en risas y murmullos mientras los demás miembros de la manada comenzaban a llegar. Por primera vez en mucho tiempo, Aurora se sintió plena. Cansada, hambrienta… pero feliz. Cuando terminaron de desayunar, la mesa fue quedando vacía poco a poco. Sebastián se despidió con un guiño y se marchó a su habitación, mientras Aurora decidió hacer lo mismo para darse un baño. Apenas comenzaba a subir las escaleras cuando Dulce, apareció con una carta en la mano. —Señorita, le llegó carta —dijo con su voz suave, tan dulce como su nombre. Aurora la tomó con curiosidad, arqueando una ceja. —Gracias, Dulce. —En su habitación ya le dejé la tina preparada y la ropa sobre la cama —añadió con una sonrisa cálida. —Eres un sol, gracias —respondió Aurora con cariño. Con la carta en la mano, subió el resto de los escalones en silencio. Al llegar a su habitación, abrió la puerta y se encontró con la cama perfectamente tendida, una bata suave a los pies y el vapor del baño escapando por la puerta entreabierta. Todo parecía en calma... hasta que la voz de Doroty, su loba, irrumpió en su mente. —¿De quién es la carta? —preguntó con un tono cargado de curiosidad y una energía vibrante. Aurora rodó los ojos, divertida. —¿Ahora sí me hablas? —Solo quiero saber quién escribió. Vamos, muéstramela —insistió Doroty, casi saltando de emoción. Aurora bajó la mirada al sobre. Al leer el remitente, se quedó inmóvil por un segundo. "PRÍNCIPE LICÁNTROPO" No había nombre, pero no lo necesitaba. Sabía perfectamente quién era. Solo ese título, grabado con una tinta oscura y elegante, bastaba. Al instante, sintió a Doroty explotar de emoción en su interior. Era como si su loba estuviera dando brincos en su pecho. —¡No puede ser! ¡Nos escribió! ¡Román! ¡El maldito príncipe! —chilló Doroty, y Aurora pudo sentir su aullido vibrando en lo más profundo de su alma. —¡Cálmate! —le reprendió mentalmente—. Ni siquiera sabemos qué dice la carta. —¡Abre eso ya! ¡Por la luna, no me hagas esperar! —suplicó su loba, desesperada y exaltada como una adolescente enamorada. Aurora caminó hacia la cama, dejando la carta a un lado, mientras comenzaba a quitarse los zapatos con deliberada lentitud. —Primero me baño —dijo en voz alta, con una sonrisa maliciosa en los labios. —¡Eres una bruja despiadada! —gruñó Doroty, indignada—. ¡Tu nivel de autocontrol es inhumano! Aurora soltó una pequeña carcajada. —Y tú una chismosa sin remedio. Pero no podía negar que el sobre la llamaba, casi como si ardiera por dentro. ¿Por qué le había escrito Román? ¿Y por qué en una carta, si justo ayer habían hablado por teléfono? Una parte de ella no quería saberlo todavía. Pero otra... Se moría por abrirla.
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