—Lo que tengas, de verdad. No tengo problema en comer lo que haya. No quiero ponerte más trabajo…
Mamá Ruth la miró con una ceja alzada y una sonrisa cariñosa.
—Ya sé exactamente qué te voy a preparar, mi niña.
Aurora bajó un poco la mirada, con timidez.
—En serio… no quiero molestarte.
Damián, que ya se había acomodado en una de las sillas, soltó una risita.
—Aurora, créeme… no quieres ver a Mamá Ruth molesta. Déjala, ella es feliz consintiéndote.
—¿Consintiéndola? ¡Muchacho atrevido! —bufó la mujer con fingida indignación—. Yo amo consentirlos a todos, no solo a ella.
Damián rió con más fuerza y se cruzó de brazos con aire de complicidad.
—Pero ella es tu favorita…
Apenas terminó la frase, un trapo de cocina salió disparado y le dio de lleno en la cara. Aurora se llevó la mano a la boca, sorprendida, y luego estalló en una carcajada ligera que llenó la cocina de calidez.
—¡Favorita será tu abuela, sinvergüenza! —refunfuñó Mamá Ruth entre risas mientras regresaba a su olla—. Pero si lo fuera… tampoco te lo diría.
Damián, aún con el trapo en la mano, la miró divertido.
—¿Ves, Aurora? No lo niega del todo…
Aurora sonrió. Sonrió de verdad. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en casa. En un lugar donde las palabras no dolían, donde los gestos eran sinceros y donde su existencia no era una carga.
Todo era nuevo… pero, al mismo tiempo, extrañamente familiar.
Mamá Ruth tarareaba una vieja melodía mientras se movía con destreza entre las ollas. El aroma a mantequilla derretida y hierbas frescas comenzó a llenar el aire, envolviendo la cocina con una calidez reconfortante.
—Te voy a preparar tu comida favorita —dijo sin mirar atrás, como si el corazón recordara lo que Aurora aún no lograba.
—¿Mi comida favorita? —preguntó la chica, sorprendida—. ¿Cómo puedes saberlo?
—Mi niña —respondió la mujer con dulzura—, te crié casi desde que aprendiste a caminar. Aunque no lo recuerdes, tu cuerpo sí. Ya verás cómo sonríes cuando la pruebes.
Aurora se sentó junto a Damián en la mesa de la cocina. Él la observó con una expresión tranquila, casi protectora.
—¿Te sientes mejor? —preguntó con suavidad.
—Un poco —admitió ella—. Todo aquí es tan cálido... Pero me da miedo acostumbrarme y que algo lo arruine.
—Es normal sentir eso —dijo él—. Pero no estás sola, Aurora. Tienes a la manada, a nuestros padres, a Mamá Ruth, a mí… y, aunque me cueste decirlo, también a Román.
Aurora bajó la mirada. El nombre aún le revolvía el pecho de una forma que no sabía explicar.
—No sé qué pensar de él… —susurró—. No entiendo por qué le importo tanto si apenas me conoce.
—Porque no es solo él —dijo Damián con seriedad—. Es su lobo, su licántropo… su alma. Y aunque tú no lo sientas del todo todavía… tú también lo elegiste, en algún momento.
Ella guardó silencio.
En ese instante, Mamá Ruth se acercó con un plato humeante entre las manos y lo colocó frente a ella. Era un estofado espeso y aromático, acompañado de pan dorado y decorado con hierbas frescas.
—Aquí tienes, amor. Prueba y dime si tu cuerpo lo recuerda.
Aurora tomó una cucharada con algo de duda, pero en cuanto el primer bocado tocó su lengua, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Esto… —murmuró—. Esto está delicioso…
—Lo sabía —sonrió Mamá Ruth con orgullo.
Damián la miró de reojo, como si en silencio confirmara algo que venía sospechando.
—Te lo dije —dijo simplemente.
Aurora no respondió. Siguió comiendo en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña semilla de esperanza comenzó a germinar en su corazón.
El amanecer apenas asomaba en el horizonte cuando Aurora abrió los ojos. El canto suave de los pájaros se mezclaba con el murmullo lejano del viento entre los árboles. La habitación estaba en penumbra, pero su cuerpo parecía saber qué hora era. Tal vez era el recuerdo de antiguas rutinas grabadas en su interior… o tal vez era simplemente emoción.
Se levantó en silencio, se puso la ropa que le habían dejado preparada la noche anterior y salió con paso firme. En el aire fresco de la mañana, el mundo parecía más claro, más limpio… como si todo estuviera listo para comenzar de nuevo.
Al llegar a la arena de entrenamiento, un espacio amplio rodeado de árboles y piedras, ya había varias figuras moviéndose en sincronía: golpes, esquivas, respiraciones controladas. Aurora se sintió pequeña, pero no débil… solo nueva.
Damián la esperaba al borde de la arena, con los brazos cruzados y una leve sonrisa.
—Llegaste puntual —dijo con tono aprobador.
—No quería que me dejaras atrás —respondió ella, conteniendo una sonrisa nerviosa.
—Nadie aquí te va a dejar atrás, Aurora —agregó él, y con un gesto de cabeza indicó a uno de los instructores que se acercara.
Era un hombre alto, de ojos serenos y músculos marcados por los años de disciplina. Se presentó con una reverencia respetuosa.
—Bienvenida de nuevo, Aurora. Soy Axel. Te entrené hace años, y será un honor ayudarte a reencontrarte con tu fuerza.
—¿De nuevo? —preguntó ella, sorprendida.
—Eras feroz. Tenías fuego —respondió él—. Lo volverás a encontrar.
Aurora tragó saliva, sintiendo cómo la ansiedad y la esperanza chocaban en su pecho.
—Estoy lista —dijo con voz firme, más para sí misma que para los demás.
—Entonces empecemos —dijo Axel—. Muéstrame lo que aún recuerdas.
Aurora entró a la arena y tomó posición. Aunque sus movimientos eran torpes al principio, su cuerpo parecía recordar. Poco a poco, sus pasos se volvieron más seguros, sus golpes más precisos. A lo lejos, algunos de los otros lobos dejaron de entrenar para mirarla.
Damián, observando desde afuera, sonrió con orgullo.
—Ahí estás —murmuró para sí mismo—. Bienvenida de vuelta, hermana.