ELEVEN

1093 Palabras
Toc, toc. —Vete, Damián. No quiero hablar con nadie —gruñó Aurora desde el interior de su habitación, con la voz aún temblorosa por la rabia contenida. —Señorita, soy yo… Dulce. El príncipe la está llamando por teléfono —anunció la voz suave y paciente de la mujer al otro lado de la puerta. —No quiero hablar con nadie —repitió Aurora con obstinación, abrazando sus rodillas mientras permanecía sentada en la cama. —Por favor, señorita… solo contéstele. Se oye exaltado, preocupado. Solo quiere saber que está bien. Aurora cerró los ojos con frustración. Una parte de ella deseaba saber por qué Román la llamaba, pero otra aún estaba herida. Aun así, suspiró profundamente, se puso de pie y abrió la puerta. —Guíame. ¿Dónde está el teléfono? Dulce asintió en silencio y la condujo hasta la oficina. Aurora se sentó junto al teléfono de madera. Dulce, con una ligera reverencia, salió del cuarto cerrando la puerta tras de sí, dejándola sola. Aurora tomó el auricular con algo de duda. —¿Hola? —¿Aurora? —la voz grave y agitada de Román resonó al instante—. ¿Estás bien? —Sí, Román. Estoy bien… ¿por qué lo preguntas? ¿Pasó algo? —Es que… mi lobo y mi licántropo están alterados, no paran de decirme que no estás bien. Me angustié… aún no llego a mi manada, pero si es necesario, puedo regresar de inmediato. Aurora se quedó en silencio. Su corazón se encogió. No entendía nada. Se había ido sin despedirse y ahora quería volver. —¿A qué volverías? —Porque si no estás bien… puedo volver, ayudarte, quedarme contigo —su voz sonaba sincera, preocupada. Aurora bajó la mirada. Su pecho dolía. —Estoy bien, Román. Solo… solo me estoy adaptando. Creí que todo sería diferente. Que aquí podría ser vista como una igual. Pero da igual a dónde vaya… parece que nunca voy a ser suficiente. No tienes que volver. Nos vemos luego. Y sin más, colgó el teléfono. —No deberías ser tan dura con él… —susurró Dorothy desde algún rincón de su mente. —No quiero hablar ahora, Dorothy —respondió Aurora, casi con un sollozo ahogado—. Tú no viviste mi vida. No sabes lo que sufrí. Pensé que todo sería distinto. Pensé que me verían como una más… ¿por qué tener el pelo blanco me hace ver débil? ¿Por qué ser frágil me hace menos? ¡No quiero ser así! Las últimas palabras salieron en voz alta, justo cuando Damián entraba en la oficina. Se detuvo al escucharla y la vio sentada en el suelo, con el rostro escondido entre las rodillas. —No sé por qué tener el pelo blanco me hace ver débil… ¿por qué soy tan frágil? ¡No quiero ser así! —repitió Aurora con la voz quebrada. Damián se acercó lentamente y se agachó a su lado. La miró con el corazón hecho nudo. —Aurora… perdóname. No quise expresarme de esa manera. Lo que pasa es que tengo miedo —confesó, con los ojos cargados de culpa—. No quiero que te vayas de nuestro lado. Acabas de despertar… y si aceptas tu vínculo con él, eso significa que se te llevará a su reino. No quiero que mi hermanita se aleje de mí. Aurora lo miró con lágrimas en los ojos, sintiendo en ese momento la complejidad de todo lo que estaba viviendo: sus emociones, su origen, su vínculo con Román… y la profunda necesidad de sentirse por fin aceptada. Damián la miró con una leve sonrisa, intentando animarla. —Oye… ¿y si vuelves a entrenar? Eras muy buena, aunque vivías agotada —comentó con tono relajado—. La bruja dijo que ya no sentía la enfermedad en ti. Tal vez ahora puedas avanzar más rápido… ¿qué dices? Aurora lo miró sorprendida, pero también con una chispa de esperanza encendiéndose en su pecho. Le emocionaba que la tuvieran en cuenta, que pensaran en ella para algo más que una carga. Asintió con decisión. —Bien —dijo Damián, complacido—. Mañana a las cinco de la mañana debes estar lista. Irás a la arena a entrenar con el resto de la manada. Entonces, como un golpe repentino, Aurora recordó algo que Sebastián le había mencionado. Liam. Él también entrenaba con ellos. Su rostro cambió y Damián lo notó al instante. —¿Qué pasa? —Es que… Liam —dijo bajito—. Lo que pasó con él… —Tranquila —la interrumpió Damián con suavidad—. Sebastián ya habló con él. Dijo que se va a mantener alejado y que va a hacer borrón y cuenta nueva. No tienes que preocuparte por eso. Aurora asintió, aliviada. —Vamos —añadió Damián, poniéndose de pie—. No deberías acostarte con la barriga vacía. La guió por el pasillo rumbo a la cocina. En el camino, pasaron junto a algunos miembros de la manada que murmuraban al verlos. Aurora bajó la mirada y no pudo evitar preguntar en voz baja: —Oye… ¿crees que ahora tienen un mal concepto de mí? Por cómo reaccioné en la cena… Damián soltó una risa suave. —Sé que no lo recuerdas, pero siempre has sido así… espontánea, algo explosiva. Ya todos te conocen, no te preocupes por eso. —¿O sea que ya me tienen en mal concepto? —frunció los labios, fingiendo estar ofendida. —¡Que no! —rió más fuerte—. Eres una persona increíble, Aurora. Aunque no lo recuerdes ahora, vas a volver a ser igual… o incluso mejor. Solo dale tiempo. Al entrar en la cocina, Damián levantó la mano y le hizo una seña a una mujer de edad avanzada que preparaba algo sobre una gran mesa de madera. —Aquí te la traje, Mamá Ruth. —¿Mamá Ruth? —preguntó Aurora con curiosidad. —Sí, así le decimos todos en la manada. Se comporta como una mamá para todos… y ha sido nana de la mayoría, incluyéndote a ti… y a mí. La mujer se giró con una amplia sonrisa, su rostro lleno de arrugas dulces y ojos brillantes. —Mi pequeña —exclamó con calidez mientras se acercaba—. ¿Cómo se te ocurre irte a dormir sin comer? Ven, dime qué quieres. Te preparo lo que desees. Aurora sintió por un momento que el peso de su pecho se aligeraba. Quizá no estaba tan sola como creía.
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