Sebastián corría entre árboles y raíces, los sentidos agudizados, los músculos tensos. El rastro de Liam era reciente, aún fresco. Su lobo interior rugía, ansioso, casi desesperado. No necesitaba pensar, solo seguir el impulso salvaje que lo guiaba con precisión.
Sus pasos se detuvieron bruscamente cuando notó unos arbustos magullados, con ramas rotas y la tierra removida. Sin pensarlo, se lanzó hacia ellos, apartándolos con fuerza. Detrás, un pequeño claro oculto revelaba un grupo de chamizos mal disimulados con ramas y hojas secas.
Un chirrido metálico rompió el silencio.
Sebastián frunció el ceño y se acercó. Su corazón latía como un tambor. Algo estaba mal... pero algo también lo llamaba.
Sin medir consecuencias, apartó los chamizos de un solo golpe. Su fuerza, potenciada en los últimos días, destrozó la entrada oculta como si fuera papel. Una abertura rectangular quedó expuesta en el suelo. Al fondo, unas escaleras descendían a lo desconocido.
—Bella... ¿estás aquí? —susurró, pero su voz retumbó como un eco urgente en la oscuridad.
Bajó con rapidez, el corazón en la garganta, los sentidos alertas. Cuando llegó al final de la escalera, una nueva puerta bloqueaba el paso. Un candado colgaba de ella, oxidado pero grueso.
Sin detenerse, lo jaló con una mano. El metal crujió, se deformó y luego se partió como si fuera de barro. Sebastián empujó la puerta con violencia y lo que vio al entrar le heló la sangre.
Aurora yacía sobre una cama vieja. Su piel estaba pálida, su respiración apenas perceptible, y sus labios resecos murmuraban algo ininteligible. El olor a acónito era insoportable.
—Bella… estoy aquí —dijo con voz temblorosa, corriendo hacia ella.
Aurora abrió lentamente los ojos, y al verlo, una lágrima rodó por su mejilla. Pero sus párpados se cerraron de nuevo. El veneno estaba haciendo efecto otra vez.
Sebastián enlazó su mente con la de Dominic y Damián con urgencia.
Sebastián: Encontré a Aurora. Les mando las coordenadas. Está débil, pero viva.
Con manos rápidas y temblorosas, rompió las ataduras sin cuidado. La levantó con ternura, como si fuera de cristal, y la sostuvo contra su pecho.
Al salir de la madriguera con Aurora en brazos, el sol ya se escondía entre los árboles, tiñendo el bosque de un rojo amenazante.
Un gruñido profundo lo detuvo.
Frente a él, emergiendo entre la sombra y la bruma, un lobo enorme de pelaje n***o y ojos encendidos lo observaba. Los músculos de Sebastián se tensaron… hasta que reconoció esa mirada.
—Román —murmuró, aliviado—. Hay que llevarla al doctor. Va a estar bien… pero no hay señal de Liam.
El lobo lo miró fijo por un segundo más, hasta que la voz de Román retumbó en su mente con fiereza.
—Más te vale cuidarla. Llévala rápido. Yo buscaré a ese maldito.
Sin perder tiempo, Sebastián corrió hacia el punto de encuentro. Aurora respiraba débilmente en sus brazos, y él no pensaba soltarla hasta verla a salvo.
Casa de la manada. Enfermería.
Sebastián entró corriendo con Aurora en brazos. Su cuerpo temblaba, pero sus pasos eran firmes. Los médicos lo esperaban ya preparados. La colocaron con cuidado en la camilla mientras Sebastián se negaba a alejarse siquiera un paso.
—Está estable —dijo una de las doctoras tras revisar sus signos vitales—. No hay rastro de acónito en su sistema. Solo agotamiento físico y fatiga muscular. Necesita descanso, líquidos, y cuidados… pero va a estar bien.
Sebastián soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo. Sus hombros se relajaron un poco y tomó la mano de Aurora. Aunque no abría los ojos, su pecho subía y bajaba con más ritmo. Seguía luchando. Seguía viva.
Entonces la puerta de la enfermería se abrió con violencia.
Román entró cubierto de tierra y hojas, la respiración agitada y el ceño marcado por la furia. Su aura era tan intensa que hizo temblar incluso a los doctores.
—¿Qué pasó? —preguntó Sebastián al instante, sin soltar la mano de Aurora.
Román apretó los puños con rabia y gruñó entre dientes.
—Se esfumó. No hay rastro de él. No dejó ni olor, ni huellas. Es como si se lo hubiese tragado la tierra.
Golpeó la pared más cercana con el puño. El sonido del crujido del yeso resonó en la sala. Todos guardaron silencio por un segundo.
—Maldito cobarde —escupió Román—. Sabía que si lo encontraba, no salía de ese bosque.
Dominic entró detrás de él con semblante serio.
—Liam no es un enemigo común. Está usando magia, o alguien lo está ayudando. No podría haber borrado su rastro solo. Vamos a descubrir quién está detrás de esto.
Román se pasó las manos por el rostro, respirando hondo para no perder el control. Luego, su mirada se posó en Aurora. Caminó hasta ella en silencio.
La observó un momento, más vulnerable que nunca, y su mirada se suavizó.
—¿Está fuera de peligro? —preguntó, con la voz más baja.
—Sí —respondió Sebastián, con la voz ronca—. Lo estará. Solo necesita tiempo.
Román asintió una sola vez, y luego se quedó allí, de pie junto a la cama. El silencio entre ellos no era incómodo. Era el de los que sienten lo mismo: furia, culpa, alivio… y promesas silenciosas de venganza.
Dominic se acercó a la puerta.
—Aurora está a salvo. Ahora vamos a encargarnos de lo otro. —Los miró con intensidad—. Nadie toca a una de los nuestros y sale impune.
Román, aún mirando a Aurora, respondió sin apartar la vista:
—Voy a encontrarlo. No importa cuánto tarde. Y cuando lo haga…
—Lo haremos juntos —dijo Sebastián.
Ambos compartieron una mirada llena de fuego.
Liam había cruzado una línea. Y no importaba cuán lejos corriera… ahora tenía una jauría completa tras de él.
Noche.
El silencio apenas se rompía por el pitido de las máquinas y la respiración suave de Aurora. Román no había dejado de mirarla. Sus ojos estaban fijos en su rostro, en el leve temblor de sus pestañas, en la forma en que sus dedos se movían débilmente.
Pero entonces, algo cambió.
El ambiente en la sala se volvió más denso. La temperatura pareció elevarse, como si una fuerza latente se agitara. Aurora frunció el ceño, sus labios se entreabrieron, y un temblor recorrió su cuerpo. Sebastián dio un paso hacia ella, pero fue Román quien sintió el llamado.
Un calor extraño en el pecho.
Una presión en la mente.
Un tirón en el alma.
La reconoció al instante.
El vínculo.
Aurora abrió los ojos.
Pero no eran los mismos.
Sus iris eran de un dorado resplandeciente, como fuego líquido bajo la luna. Su mirada ya no era débil ni confundida, sino intensa… antigua. Y cuando habló, su voz era distinta. Más grave, con una calma poderosa, como si la naturaleza misma hablara a través de ella.
—Román…
Él se quedó sorprendido.
—Soy Dorothy… su loba —dijo, con un leve temblor, como si el cuerpo humano de Aurora luchara por sostener aquella energía—. El vínculo se está despertando. Lo siento… y ella también.
Román se acercó, su pecho subiendo y bajando más rápido, como si el lobo dentro de él se agitara.
—¿Dorothy?
— tu presencia me libera —dijo Dorothy con una suave sonrisa—. La luna llena está cerca. Mi despertar la está empujando a transformarse. Y su cuerpo… aún está débil.
La dorada mirada se posó en los ojos de Román, y él sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Llévala a la colina —dijo Dorothy—. A la cima donde la luna toca la tierra. Su luz… nos curará. La transformación la purificará… la salvará.
Román dio un paso al frente.
—¿Estás segura de que resistirá?
Dorothy asintió lentamente.
—No lo hará sola… pero contigo, sí.
Entonces sus ojos parpadearon y Aurora volvió a cerrar los párpados, cayendo en un sueño profundo. Pero su pulso se estabilizó. Su piel parecía más cálida. Y entre sus labios, un susurro escapó sin que se diera cuenta:
—Román…
Él la envolvió con una manta, la cargó con cuidado en sus brazos y le dirigió una última mirada a Sebastián y Dominic.
—La llevo a la colina. A la cima.
Dominic asintió con gravedad, comprendiendo lo que estaba ocurriendo.
—Entonces que la luna los bendiga.
Y Román salió con ella en brazos, corriendo hacia la colina donde la luz de la luna esperaba.
Donde todo iba a cambiar.
El viento soplaba con fuerza, agitando la hierba alta y haciendo que las nubes se apartaran, revelando la luna llena en todo su esplendor. Román llegó a la cima con Aurora en brazos. Su cuerpo aún parecía frágil, pero su calor había aumentado, y una energía latente vibraba en su interior.
La colocó con delicadeza sobre la tierra, entre las flores plateadas que solo florecían bajo la luna llena. Apenas la apoyó, algo comenzó a suceder.
Su cabello blanco empezó a brillar tenuemente, como si absorbiera la luz de la luna y la devolviera en ondas suaves. Y entonces, Román notó algo más. Algo bajo su camisa.
Con manos temblorosas, la levantó con cuidado… y se quedó sin aliento.
La marca.
Era un sello antiguo, un sello de sus tierras: la silueta de un lobo dentro de una media luna, tallado como fuego en su piel. Normalmente invisible, ahora brillaba con una luz dorada y plateada que pulsaba como un corazón. Un símbolo real. El sello de su reino del Reino Licántropo.
Román retrocedió un paso, impactado.
—Aurora… ¿qué eres realmente?
Entonces ella abrió los ojos.
Y gritó.
El primer alarido desgarró la noche. Su cuerpo se arqueó con violencia. El brillo de la marca se intensificó, y el cabello de Aurora comenzó a flotar, como si una tormenta invisible la rodeara.
—¡Aurora! —gritó Román, corriendo a su lado.
Ella se retorcía, los huesos crujiendo con sonidos húmedos y agudos, su piel temblando como si estuviera siendo desgarrada desde dentro. Román le tomó la mano, firme, apretándola con fuerza.
—Estoy aquí. No te suelto. ¡No te suelto!
Aurora lo miró, y algo en su interior se ancló a él. El dolor seguía, abrasador, brutal, pero la presencia de Román lo contenía. Su vínculo actuaba como una cadena… o un salvavidas.
Sus costillas se alargaron. Sus piernas crujieron, transformándose en patas. Su rostro comenzó a cambiar, y aunque un nuevo grito rasgó su garganta, lo hizo con los ojos dorados fijos en los de Román.
La transformación fue lenta, intensa, poderosa.
Y entonces, con un último destello de luz, el cuerpo humano de Aurora se desvaneció en una forma nueva.
Una loba.
Enorme, majestuosa, de pelaje blanco puro con reflejos plateados como su cabello. Sus ojos siendo dorados, pero ahora eran los de Dorothy, despierta, alerta, consciente. Y en su flanco izquierdo… la marca aún brillaba. El mismo sello del Reino.
Román la contempló con el pecho agitado, arrodillado frente a ella. Su lobo interior rugía de reverencia, reconociendo a una alfa verdadera. No solo una loba cualquiera.
Una heredera.
Una elegida.
—Compañera… —susurró, con voz temblorosa.
La loba se acercó lentamente y tocó su frente con la suya.
El vínculo se cerró como un lazo invisible entre almas.
La luna los envolvió a ambos.
Y el mundo cambió para siempre.