Aurora, en su forma de loba, aún jadeaba ligeramente por la transformación cuando la sintió… él.
Un crujido fuerte, seguido de un aura oscura y densa que la rodeó como una tormenta contenida. Román retrocedió unos pasos y sus ojos brillaron con un fulgor carmesí. Su cuerpo comenzó a cambiar, desgarrándose y reconstruyéndose en cuestión de segundos.
Donde antes estaba el hombre, ahora surgió una criatura colosal.
Un lobo n***o enorme.
Imponente, con pelaje denso como la noche y ojos intensamente rojos que se fundían con la oscuridad. Era más grande que cualquier otro lobo, más feroz, más ancestral. Sus pasos hacían temblar la tierra. Su sola presencia inspiraba respeto y reverencia.
Se acercó a la loba blanca con movimientos elegantes, poderosos, como si la tierra le perteneciera.
Cuando se detuvo frente a ella, su voz resonó suave, cálida y firme en su mente.
A—Hola, compañera… Soy Ades.
La loba blanca, con su brillo lunar y mirada dorada, ladeó la cabeza y respondió, su voz clara y vibrante como el canto del amanecer.
D—Un gusto, Ades. Soy Doroty.
Ambos se miraron por unos segundos que parecieron eternos.
Entonces Ades bajó su cabeza, tocó con suavidad el hocico de Doroty… y le dio un pequeño lengüetazo, un gesto tierno, ancestral, lleno de promesas.
A—Mi dulce compañera.
Doroty cerró los ojos por un instante, sintiendo la calidez, el reconocimiento, la unión que no necesitaba palabras. Era como si el universo se hubiera tejido solo para ese momento.
Los dos se alzaron hacia la luna.
Y aullaron.
Un aullido doble, profundo, sincronizado, que rasgó la noche y fue escuchado por la manada, por los árboles, por los espíritus antiguos.
Cuando el eco del aullido se disipó, Doroty dio un paso hacia adelante, la emoción vibrando en su pecho.
D—Quiero correr.
Ades bajó la cabeza y se frotó contra su cuello, sus colas entrelazándose un segundo.
A—Entonces corre, mi luna. Yo te sigo.
Doroty echó a correr, poderosa, ágil, sus patas levantando la tierra bajo sus zancadas, y Ades la siguió. Ambos descendieron la colina, cruzando el bosque como dos cometas vivientes. El pelaje blanco de Doroty destellaba con reflejos plateados entre los árboles, mientras la sombra imponente de Ades la custodiaba.
Eran uno.
Una danza entre luz y oscuridad.
Loba y lobo.
Doroty y Ades.
Aurora y Román.
Almas destinadas a encontrarse bajo la luna.
Y esa noche, la tierra fue testigo del inicio de una leyenda.
Después de haber corrido como dos almas libres bajo la luna, Doroty y Ades comenzaron a reducir la marcha. Sus pasos se suavizaron, sus respiraciones se sincronizaron, y poco a poco llegaron a un claro en medio del bosque, donde los árboles altos dejaban filtrar la tenue luz plateada de la luna llena.
Doroty se detuvo y alzó su cabeza hacia Ades. En su mente, Aurora emergió, aún embriagada por la emoción de haber sentido por primera vez lo que era correr como loba. Miró a Román con cierta timidez reflejada en su mirada dorada.
—¿Cómo… cómo vuelvo a ser humana?
Su voz mental tenía un dejo de ansiedad, casi infantil, como quien teme romper un hechizo si se equivoca.
Román se acercó, su presencia imponente ahora tan natural para ella como el latido de su corazón.
—Visualiza tu forma humana… imagina cada parte de ti, recuérdala. Tu piel, tus manos, tu rostro… Si te concentras, tu cuerpo obedecerá. Al principio cuesta… puede doler un poco, pero con cada transformación será más fácil.
Aurora asintió mentalmente y cerró los ojos.
La energía se arremolinó a su alrededor. Sus huesos crujieron, su cuerpo se contrajo, piel y músculo se moldearon bajo una luz etérea. No pudo contener un jadeo de incomodidad, pero lo soportó. Cuando volvió a abrir los ojos, era Aurora otra vez. Desnuda. Temblorosa. Viva.
Román cambió casi al mismo tiempo. Su transformación fue rápida, fluida, y cuando Aurora lo miró… también estaba desnudo.
Sus ojos se abrieron como platos. Se cubrió con ambos brazos, girándose con un respingo.
—¡Ay, por la luna! —murmuró, con la cara encendida.
Román se giró de inmediato, divertido, con una media sonrisa en la voz.
—En el árbol a tu derecha hay una mochila. Tiene dos mudas. Puedes tomar la tuya… y lanzarme la mochila cuando termines.
Aurora, todavía roja como una manzana, buscó la mochila con rapidez. Mientras la abría, murmuró sin mirarlo:
—¡No vayas a voltear!
Román soltó una risa grave, profunda y suave.
—No hay afán, cariño… Tendremos mucho tiempo para admirarnos mutuamente.
Ella se quedó pasmada por un segundo, la camiseta entre las manos. Luego se vistió lo más rápido que pudo, aunque sus ojos no pudieron evitar recorrerlo por unos instantes...
La espalda ancha, adornada con cicatrices sutiles. Los hombros fuertes, los músculos que se tensaban hasta la base de su espalda. Y ese trasero perfecto.
Era una estatua viviente, esculpida por dioses caprichosos.
Román, de espaldas aún, habló con voz baja, como si pudiera leerle la mente:
—Me vas a desgastar si me sigues mirando así, nubecita…
Ella soltó un pequeño grito ahogado, con las mejillas ardiendo, y le lanzó la mochila con fuerza.
—¡V-vístete ya! —dijo con voz aguda, dándose la vuelta de inmediato.
Román atrapó la mochila con una sola mano, sin dejar de reír por lo bajo.
—Qué tierna eres cuando te sonrojas…
Mientras él se vestía, Aurora respiró hondo, intentando calmarse. Su corazón latía como un tambor. No era solo por haber corrido como loba… no. Era por él. Por lo que le hacía sentir. Por esa conexión poderosa, imposible de ignorar.
Cuando Román terminó de vestirse, se acercó a ella.
—¿Lista para volver?
Sus ojos ya no brillaban como los de Ades, pero aún conservaban ese fuego intenso, salvaje.
Aurora asintió, aunque su mirada se detuvo unos segundos más en los labios de él.
—Sí… pero creo que todo está a punto de cambiar, ¿cierto?
Román sonrió con un dejo de misterio y acarició una de sus mejillas con la yema de los dedos.
—Ya cambió, nubecita.
Y juntos, comenzaron a caminar de regreso.