3- Un rotundo…

1419 Palabras
Pov: Margot Jones Cierro la puerta de la pequeña habitación donde vivo, enciendo la luz y sonrío. — Tengo empleo. ¡Gracias, universo! —dejo mis cosas a un lado. Es un buen empleo, al menos la paga. Hay varios puntos que me preocupan. Disponible las 24 horas del día y esa abogada, me asustó un poco. Podría jurar que me insinuó tener que hacer muchas cosas que serán privadas, confidenciales y que quedarán entre el señor Reed y yo. La paga es más que buena, podría rentar una pequeña casa, reconstruir mi vida, ganar esa estabilidad que necesito. No deja de resonar en mi cabeza el: “Privadas, confidenciales y que quedarán entre el señor Reed y yo” Oí hablar de él, no lo conocía en persona, es un hombre muy reservado, en internet no hay mucho de él, «para no decir nada», aparte de que es el dueño de la revista Chandler. Una revista con mucho prestigio, sé de moda. No es que importe, no me llevaron a ningún lado mis aficiones por el modelaje. Aun así aquí estoy. Cuando vi que buscaban secretarías, no lo dudé, el no ya lo tenía, solo necesitaba un sí. Mientras esperaba a ser llamada para la preselección, escuché a las postulantes decir algo de… “Él más que una secretaria busca una compañera de cama” Espero que no sea el caso. No es que no esté dispuesta, necesito este trabajo, no voy a quedarme en la calle de nuevo, esta vez será diferente, no permitiré que la desesperación me arrebate todo de nuevo. ¿Sería indigno? Probablemente. He hecho peores cosas y sigo viva. Al menos él no es feo si llegara a ser el caso. Alexander Reed es apuesto, serio, con unos ojos que tienen el color del cielo y si tengo que sacrificarme por este empleo. «Con mucha pena accedería» Los ricos son raros, habiendo tantas chicas lindas, me eligió a mí. Súper extraño. He perdido la cabeza. ¿Qué diablos estoy pensando? Que si no consigo un empleo bien pago y acomodo mi vida, todo se acabaría para mí, así como también soy consciente de que haré lo que sea por esto. Un poco de sexo no es la muerte. Estoy especulando, o no. Camino a la pequeña nevera y solo hay un botellón de leche casi acabado, mientras que en la alacena apenas tengo un pan. ¡Estoy jodida! Esto no va a ponerme mal, triste ni a recordar, mucho menos a llorar tendida en una cama. Soy mejor que eso, soy determinada, tengo entereza, yo puedo con lo que sea y no puedo desviarme de mis objetivos aquí en Londres. Mis motivos son mucho más fuertes que cualquier traba en el camino, nada va a tumbar mis planes. «No soy débil, ni inútil» Pan y leche será mi comida hoy. Debo pensar la ropa que usaré mañana. …….. Utilizo una agenda donde anoto toda información útil para el trabajo. Buscan perfección, no lo soy y tengo que serlo. Entro a un portal de modas para estar informada, deslizo leyendo cada página, no puedo dejar que noten que mentí en todo, que no tengo experiencia en secretariado y que mi curso fue solo por internet. El sonido de mi teléfono me distrae. Miro la hora. Es muy tarde, nadie tiene mi número de teléfono. Lo tomo y el número es desconocido. Número desconocido: Señorita Jones, solicito su presencia cuánto antes, la espero en mi casa en lo más inmediato, requiero de su presencia. Traiga el artículo de la pasarela en Hampton. Atte: Alexander Reed. ¿A su casa? ¿A esta hora? Esto sí es súper raro. Tengo que ir. — ¡Mierda! Necesito ropa —me levanto apresurada y hasta casi me caigo. Busco algo de ropa, decente, algo formal… ¿Algo lindo? Me estresa no saber a qué debo atenerme. Si solo es un loco fanático del trabajo, si es un millonario que busca a una insulta chica, virgen, para firmar un contrato a lo Cristian Grey. Estamos mal si es así, porque la virginidad la estaría necesitando. ¡Carajos! No sé qué prefiero, podría ser aún peor y ser de esos con fetiches raros, como que le pisen los testículos. ¡Oh Dios! Con esa suma tan grande de dinero que me ofrecen, puedo esperar lo que sea. — ¡Demonios! —no tengo ni una tanga decente. Esta irá bien. Voy al espejo y suspiro mientras me pongo algo de maquillaje para no verme como muerta. — Buenas noches, señor Reed —carraspeo. Debo sonar casual, no preocupada. — Buenas noch… al diablo —dijo: cuánto antes, y yo como idiota jugando porque los nervios me consumen. Tomo dinero para un taxi y miro la dirección adjuntada en otro mensaje. ¿Qué es gastar unos pocas libras ahorradas si él me pagará mucho más? El viaje tarda un poco, no lo que creía, no imaginé que viviera tan cerca, aunque su casa está muy oculta. El taxi me dejó en una enorme entrada, tuve que caminar con los únicos tacones muchos metros hasta visualizar la enorme mansión. Me siento como Anastasia llegando a la casa del señor Grey, toda nerviosa y alterada. Toco el timbre tomando un respiro. La puerta de abre y un llanto llega a mis oídos paralizándome al instante. — Señorita Jones, al fin llega, pase por favor —no lo hago, no cuando en sus brazos veo a un bebé, ¿por qué tiene un bebé?—. Mi hija tiene fiebre y debe ayudarme con esto —frunzo el ceño. ¿Por qué? Es un chiste o algo horrible que tiene pensado el universo para echarme sal a la herida. — Le traje el artículo, señor Reed, pero yo… —es como si mi estómago se estrujara y mi garganta se cerrara. — Vamos, Jones, esto es parte de su trabajo —niego segura de que no. Yo no estaré cerca de una bebé. — No, lo siento, yo no puedo, de ninguna manera. Lo lamento… —sus ojos claros me miran con desconcierto. — Usted dijo que estaba dispuesta a lo que sea, si no puede con esto tendré que despedirla, señorita Jones —él no entiende. Ver a esa bebé, tan pequeña, no podría hacer algo así, sería clavarme un puñal en una herida que ni siquiera se cerró. — No puedo, señor Reed —me alejo caminando apresurada. Por eso el dinero. — ¡Con un demonio! Hubiera preferido el sexo, que… una bebé —niego caminado. Paso la entrada y sigo caminando. Me detengo en seco. No puedo perder el trabajo. Mis ojos se empañan y respiro profundo intentando calmarme. El temblor en mis labios al igual que mi pecho agitándose, me están dando la señal de la pésima idea que es esto. Necesito el dinero, lo necesito y… “Mi hija tiene fiebre” Froto mi rostro. ¡Vamos, Margot! Mis malditos objetivos valen cualquier sacrificio. Sí, más dinero. Camino de vuelta secando mis lágrimas, solo es una bebé. Llego a la puerta y el llanto ahora se oye desde afuera, un llanto que parece ahondar en mi doloroso pasado. Toco el timbre y la puerta se abre al instante. — Quiero el doble —lanzo con valentía—, quiero el doble de la paga, señor Reed, o me voy —paso saliva. — ¿Perdón? —sigo firme y seria. — Es mi condición, si no, puedo irme —me volteo. — El doble, entre por favor, Jones —abro mis ojos sorprendida y entro a la enorme mansión—. Tiene fiebre, le he dado el jarabe y no le baja —me acerco y respiro profundo antes de tocar la delicada piel de la bebita. Es súper bonita. — Sí, tiene temperatura. ¿Le dio un baño? ¿Llamó a un medico, señor Reed? —frunce el ceño. — ¿No piensa que si quisiera llamar a un médico no la hubiera solicitado? —qué genio tiene este hombre—. Necesito que usted me diga qué hacer —frunzo el ceño. — ¿Porque soy mujer…? — No, porque es lista y valiente, porque es su trabajo ahora cuidar de Amelia —me la pone en brazos sin dejarme contestar—. Le prepararé la tina tibia para bañarla —se aleja y miro a la bebé. Amelia… un hermoso nombre para una hermosa niña. ¿Así sería? «¡No, no te hagas eso!»
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