2- Urgencia.

666 Palabras
Pov: Alexander Reed — ¡El artículo de la pasarela en Hampton! —anuncio y el repiqueteo de los zapatos de Jones llega a mis oídos mientras entra a mi oficina y deja el folder sobre mi escritorio. — También llegó un artículo hace media hora a su e-mail, es una pasante… — No me interesa —veo la hora y ya debería irme a casa—, tampoco veré el artículo de la pasarela, me marcho —asiente y toma de nuevo el folder. — De acuerdo, señor Reed —tomo mis cosas y noto que la oficina está completamente vacía. Odio cuando la hora se me pasa tan rápido, maldita sea. — Hemos terminado por hoy, señorita Jones —ella ha sido muy competente para su primer día. — Estaré pendiente de mi teléfono por si me solicita —asiento y salgo con prisa. No la necesitaré, tampoco la meteré en mi casa aún. Salgo directo al estacionamiento y me encamino a mi hogar. . Dejo mi abrigo en la entrada y mis llaves en la mesita a un lado de la puerta. — ¡Llegué! —camino subiendo las escaleras y el llanto de Amelia me hace apresurarme. — ¡Oh, Alexander! Al fin llegas, hijo, la niña está muy fastidiosa, no sé qué le sucede —me acerco a mi madre que trae a mi hija en brazos. — Mi niña, papá ya llegó —la tomo en brazos y no deja de llorar. — No sé qué tiene, quizás le están saliendo los dientes —miro su boca y no veo demasiado. La arrullo y no se calma, puede que tenga hambre. — Yo me encargo, mamá, ve a descansar —ella se aleja a paso lento. Mamá no está para estas cosas, ella es muy mayor sin contar su condición que la vuelve una bomba de tiempo. Suspiro. — Tranquila, Amelia, debes calmarte, hija —camino con ella en brazos para prepararle un biberón. Algo le sucede. …… Son las once de la noche y creo que tiene temperatura. No quiere el biberón, tampoco deja de llorar. Ya he probado todo, no sé qué hacer. Mamá se tomó una pastilla para dormir y no logro que despierte, tampoco es que será de mucha ayuda. Podría llamar a un médico, me tratarían de incompetente, quiero ser su padre y no puedo controlar un poco de temperatura, le di unas gotas antipiréticas, no funcionaron, ella solo llora y su cuerpo sigue caliente. ¿Qué pensarían los de servicios sociales? Un mal padre. Le he marcado a Vanessa y tampoco toma el teléfono. ¡Maldita sea! Una mala idea pasa por mi cabeza, una muy mala, aunque factible. No hay mejor forma de saber si está lista para este trabajo que esto. Tomo el teléfono y le envío un mensaje diciendo que necesito me traiga el artículo de la pasarela Hampton a mi casa, urgente. Adjunto la dirección. Esto es una locura. . Camino con Amelia en brazos hasta que recibo su mensaje, informando que llegará cuanto antes. Le hablo, le intento cantar, volví a ofrecerle biberón y sigue igual. — Por favor, Amelia, ¿qué tienes? —mi timbre suena y me acerco a la puerta para abrirla de una vez—. Señorita Jones, al fin llega, pase por favor —no lo hace, solo palidece al ver a Amelia—, mi hija tiene fiebre y debe ayudarme con esto —frunce el ceño. — Le traje el artículo, señor Reed, pero yo… — Vamos, Jones, esto es parte de su trabajo —niega. — No, lo siento, yo no puedo, de ninguna manera, lo lamento… —abro mis ojos espantado. — Usted dijo que estaba dispuesta a lo que sea, si no puede con esto tendré que despedirla, señorita Jones —sus ojos van de Amelia a mí para luego clavarse en mis ojos llenos de perturbación. El llanto de Amelia invade mis oídos. — No puedo, señor Reed.
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