Tenía los ojos brillosos. Los tipos se miraron entre ellos, como si no entendieran qué bicho les picaba a esas dos locas. Pero algunos de ellos sí admitieron para sí mismos que habían estado abusando de ellas, y les pareció un buen momento para escaparse, antes de que esa voluptuosa madre se enojara de verdad. Así que tres de ellos se fueron alejando, y, cuando se abrieron las puertas al parar en la estación, las chicas se vieron por fin libres. —Vamos —le dijo Virginia a Lulú, agarrándola de la mano, tirando de ella, para salir del tren. La adolescente, con la mano libre, se acomodó la pollera. Lo que no pudo acomodarse fue la tanga, que quedó a un lado, dejando su sexo expuesto. Caminaron, entre el gentío, hacia la salida de la estación. Entonces Lulú vio la mancha en el voluminoso o

