El guarda de seguridad soltó una risita. —Si no salís en quince minutos te juro que te hecho a patadas y me la cojo yo —dijo. Volví al baño. La chica me estaba esperando en la misma posición en la que la había dejado. Por lo visto había tenido mucha fe de que yo resolvería el asunto. Más de la que yo mismo había tenido. El tiempo apremiaba, así que no le di más vueltas al asunto. Primero le levanté el vestido. Me puse en cuclillas y devoré con fruición su culo. La carne era tan suave y tierna como parecía serlo. Dibujé sus formas redondeadas con mi lengua una y otra vez, hasta que me metí en sus profundidades. El orto sabía tan bien como debía saber el culo de una criatura como ella. Lo disfruté de la manera más vulgar, hurgando con la lengua su parte más íntima sin limitaciones. Ella d

