Si tía Lucía se escandalizaba por los pantalones y shorts que Rosina usaba a veces, no me quería imaginar cómo reaccionaría si se enteraba de que su hija había entrado a mi cuarto medio desnuda. Llevaba un conjunto de lencería que me sorprendió mucho. Un corpiño de encaje n***o y una diminuta tanga que apenas la cubría. Se notaba que estaban nuevas, y que se las había comprado exclusivamente para la guerra. —Quiero hacerlo —había dicho mi prima. No hacía falta que le preguntara a qué se refería. Se subió a la cama, hundiendo sus rodillas en el colchón, con el torso recto. Su cuerpo era menudo. Y sus senos muy pequeños. Pero de la cintura para abajo cambiaba violentamente. Y en la posición en la que estaba, la voluptuosidad de las caderas y los muslos resaltaban exquisitamente. Me senté

