Georgia Sinclair
Miro las pruebas negativas en mis manos. Cuatro palitos demasiado insignificantes que me tienen temblando.
«Han pasado seis días desde que me acosté con Ronan».
«Han pasado doce días desde el accidente que lo cambió todo».
—¿Cuándo fue la última que tuve sexo con Jameson? —susurro, incapaz de detener el temblor en mi voz, mientras me miro al espejo pequeño del baño.
No fue reciente.
«¿Quizá voy con un mes de retraso? ¿Cómo carajos voy a fingir que tengo meses de embarazo cuando ni siquiera me sale una prueba positiva aún?».
—Maldición... —murmuro, y dejo caer mi peso sobre las manos que ahora se apoyan en el lavabo.
Los nervios empiezan a hacer de las suyas. De solo pensar que todo puede salir mal, la angustia me absorbe.
«Por él. Es por él». Me lo sigo repitiendo. Por eso no puedo fallar.
En contra de todo lo que es sano, y de mi voluntad, para esto tendré que ir con el oportunista mayor. Ronan es el error que no debí cometer, pero ahora estoy enterrada hasta las cejas con él, en sus manos y casi que de rodillas. O al menos así se siente cada vez que he tenido que cruzarme con mi cuñado desde que pasamos la última noche en el hotel.
Sé que estoy loca por atreverme a esto, pero no es como que lo haya pensado mucho en su momento. Y no soy de las que se retira cuando ya inició la carrera. No cuando hay tanto en juego.
Ahora debo ir con él. Porque voy a necesitar un médico de confianza que atienda el probable embarazo y solo yendo de su mano puedo conseguir uno que no sea lo suficientemente ético para ignorar mis verdaderos tiempos. Y también, porque lo más seguro es que debamos seguir repitiendo hasta que salga una jodida prueba positiva.
«Mierda, esto se ve cada vez peor».
Miro mi reflejo y me asqueo de mí misma. ¿Qué tan dispuesta estoy a “salirme con la mía”?, esta es la mayor prueba de todas.
Una voz en la habitación de Jameson me pone alerta. Me inquieto, y acelerada recojo las pruebas y las envuelvo en el papel que alisté desde que tomé la decisión de hacer esto aquí.
Es mi suegra.
No la esperaba hoy tan temprano. No suele venir más que unos pocos minutos al día. Soy yo la que está aquí día y noche. A no ser que la llame directamente, lo que ha pasado dos veces exactas desde que comencé esta locura, no suele venir por su cuenta.
Lo que es una ironía, porque antes del accidente se la pasaba metida en la vida de James.
Me ocupo de limpiar cualquier indicio de lo que estaba haciendo aquí y pego la oreja a la puerta. Escucho que pregunta por mí, pero no profundiza más cuando James le dice que debo estar en el baño. Me recompongo y con un suspiro, salgo.
La tensión que siento en todo el cuerpo no se alivia cuando la veo. Al contrario, con solo verlos a ellos dos susurrando siento un retortijón en el estómago. Pero siempre he sido la esposa perfecta que no rompe un plato, que no levanta la voz, que no hace un escándalo y que no exige si no le toca.
Me muerdo la lengua y me guardo el sentir.
—Querida Gigi —exclama mi suegra cuando me ve, su rostro se estira con una sonrisa, pero sus ojos no se iluminan.
Pongo mi mejor cara de angustia solapada y voy con ellos. La saludo con el habitual beso sin tocar mejilla y regreso a mi lugar al lado de James.
—Siento haber pasado tanto tiempo en el baño —digo a ninguno en particular, solo me excuso.
James mueve sus dedos, que están cerca de los míos, y los cubre. Es uno de los pocos movimientos que puede hacer.
—No te preocupes, Gigi. Sé que tienes el mayor trabajo de todos —asegura, mirándome con una gran sonrisa.
Se la devuelvo, pero sin muchos ánimos.
El saber que estoy mintiendo en vano, me hace sentir de la mierda. Tengo ganas de vomitar, pero está claro que no es porque lleve un bebé conmigo.
—¿Estás bien, hija?
La voz de Marianella Sinclair me hace mirarla, la piel erizada en mi nuca me hace estremecer. Es raro sentirme así, porque nuestra relación nunca fue tan tirante, pero es inevitable después de todo lo que supe.
Niego con la cabeza. Quizá este sea mi momento de ir por lo que quiero y necesito.
—No, en realidad no me he sentido bien estos días. Me siento más agotada de lo normal, y las náuseas me tienen revuelta.
Marianella se levanta con una sonrisa suave.
—Es normal, este primer trimestre es así. ¿Tienes idea de cuántas semanas tienes? Podemos ir a un especialista de confianza y…
—Tengo una cita, de hecho, con mi médico de confianza —me obligo a sonreír para no parecer desesperada al decir eso. El corazón se me subió a la garganta al escucharla.
«Más razón para ir con el indeseable».
—Hagamos algo. Ve a descansar, llevas muchos días quedándote en el hospital y no es bueno para ti agotarte tanto. A partir de hoy podemos dividirnos los horarios, así tú te sentirás más descansada y Jameson se sentirá acompañado por todos los que lo amamos.
Por dentro salto con alivio. Por fuera la miro con ojos lastimeros. Igual que a James.
—¿Seguros? No quiero que…
—Tranquila, Gigi, todo estará bien. —James vuelve a presionar sus dedos con los míos. Sentirlo debería enorgullecerme, pero solo me recuerda la culpa que siento.
Suspiro.
—Está bien. Iré a descansar.
Me inclino sobre James y le doy un beso en la frente. Estar a su lado, tener estos gestos con él, hacen que el sabor de la traición se me atasque en la lengua. No sé todavía cómo me siento con todo lo que está pasando, con las cosas que me llevaron a tomar decisiones apresuradas, a todo lo que todavía no entiendo.
Solo me veo doce días atrás confesando cómo me sentía y luego el clic de la puerta principal de la casa al cerrarse, una señal de que alguien me había escuchado.
Cierro los ojos para no mostrarme vulnerable, pero Jameson lo nota y me dice que todo estará bien.
—Ve, querida. Debes cuidarte —insiste mi suegra.
Asiento y me preparo para irme. No dudo que necesito descanso del estrés que siento últimamente, pero lo que más necesito es resolver esto de una vez.
Cuando salgo de la sala privada donde está internado, no he dado dos pasos cuando me encuentro con alguien que no esperaba.
—¿Mar? ¿Qué haces aquí? —Los ojos azules de mi amiga se posan en mí con sorpresa.
Abre y cierra la boca, sin saber qué decir en un primer momento, pero pronto se recompone y me abraza.
—Creo que estoy perdida, pero… ¿qué haces? ¿Es aquí donde estás con James?
Asiento y señalo la habitación de la que acabo de salir.
—Sí, justo ahí. Ahora está con mi suegra, voy un rato a la casa a descansar, estoy agotada.
Mar toma mis manos, las suyas están frías.
—No es para menos, han sido días difíciles. Tenemos que vernos, debes relajarte de alguna manera. Desde el día del accidente de James no hemos tenido tiempo para hablar, ni tiempo a solas.
Me tenso al recordar ese día. El mismo recuerdo que tuve hace unos minutos se repite, porque era Mar la que estaba conmigo cuando Jameson escuchó lo que no debía.
Sonrío, pero siento los nervios retorciéndome el vientre. No quiero hablar de eso.
—Sí, debemos. Mañana te llamo para quedar al menos con un café en la cafetería de la clínica.
Mar se ríe y vuelve a abrazarme.
—Es una buena clínica, seguramente no está malo, ni sabe a tierra.
Nos despedimos y yo sigo mi camino. Estoy por salir de la clínica cuando me digo que no le pregunté por qué estaba aquí. Me anoto en una lista mental escribirle luego para preocuparme por ella y su visita.
Fuera del edificio que me ha visto día y noche de las últimas semanas, tomo un taxi. Y doy un nombre que no quisiera decir en voz alta, antes de arrepentirme.
—A Calhoun Industries, por favor.
Sé que me voy a arrepentir, pero ya este juego empezó y parar significa perderlo todo.
«Eso no lo voy a consentir».