Georgia Sinclair
Llego al Fairmont con la carpeta apretada contra mi pecho. Vuelvo a sentirme expuesta, temerosa de quien pueda verme, pero estoy tan enojada que dejo a un lado esas estupideces y dejo que la rabia fluya.
La suite es la misma, y cuando entro está en penumbras. Lo que esperaba.
«Este hombre seguro tiene algo con los sitios poco iluminados. A juego con su alma turbia, probablemente tenga orgasmos solo con eso».
Ronan está de pie junto a la barra. Veo su silueta, pero esta vez no me intimida. Me muevo rápido hasta la pared y enciendo la maldita luz, porque lo que tengo que decirle, debe ser en toda su cara de imbécil.
La luz blanca ilumina la estancia y cuando regreso mi atención a él, algo se atasca en mi garganta. No lleva la chaqueta del traje, las mangas de su camisa están arremangadas en sus tonificados brazos y lleva un vaso de whisky, cómo no, en la mano.
Su actitud es relajada, segura. Al idiota mayor le gusta mostrarse imperturbable.
—¿Qué crees que hiciste hoy? —arremeto contra él antes de perder el valor para exigir respuestas.
—Puntual de nuevo, señora Sinclair —responde lo que le da la gana, llamándome de esa formal de nuevo, e ignorando mi pregunta. Su sonrisa torcida me crispa—. Eso me gusta.
Me acerco a él con paso apresurado y dejo caer la carpeta sobre una mesa, con fuerza suficiente como para hacer un ruido sordo.
—Esto no estaba en el trato. Nada de eso estaba en el trato. ¿Y qué carajos pasa contigo, yendo al hospital y entregándome esto en la cara de Jameson. ¡Eres un...!
Él arquea una ceja, tranquilo, como si le divirtiera.
—Cuida esa boca terca, Georgia. Podrías arrepentirte de lo que pretendes decir. —Deja el vaso sobre la barra y se impulsa con un gesto sexy para incorporarse y borrar la distancia entre los dos—. Y dices que no era el trato. Pero, ¿cuál era el trato, Georgia?
Me eriza la piel cada vez que dice mi nombre. Me da un vuelco el estómago cuando veo sus brazos, esas venas marcadas que muestran una tensión en él que no le gusta exponer. Pero yo la veo.
Y me irrita sentir todo esto cuando estoy tan enfadada.
—No tendrás ningún derecho sobre el niño —escupo la frase, la rabia me arranca el temblor de la voz—. Ese era el acuerdo. Nada más.
Ronan se toma su tiempo para asimilar mis palabras, le importa una mierda mi furia. Para él, seguramente es como un espectáculo que disfruta.
—El acuerdo fue ambiguo. Bastante poco exigente. Si no pusiste límites claros, no es problema mío. —Me mira con gesto irritado, desde arriba, porque me saca unos buenos centímetros.
—¡Lo es! —Mi tono se eleva, pero bajo la voz enseguida, como si el eco pudiera delatarnos incluso aquí—. No pienso permitirlo.
Se ríe bajo, con esa maldita calma que me hace querer arrojarle un vaso a la cara.
—¿Sabes qué pienso? Que no has entendido realmente en dónde te metiste, y hablas como si tuvieras otra opción. —Baja su rostro hasta que está a un suspiro de mis labios—. Pero no la tienes, Georgia. Lo tomas… o lo dejas.
Me marea su cercanía. Ese olor que me rodea. Lo mentolado de su aliento, que suspira contra mis labios y hace que todo mi cuerpo se estremezca.
—No lo necesito —digo con rabia contenida, sacudiéndome de esos pensamientos intrusivos—. Puedo buscar otra forma.
Se ríe de mí. Posa esos ojos grises en los míos con una intensidad que me traspasa.
—¿De verdad? —Su voz es baja y peligrosa—. ¿Vas a arriesgarlo todo? ¿Tu mentira perfecta?
Un dedo se levanta, alcanza un mechón ensortijado de mi cabello y lo retuerce con calma fría.
No puedo retroceder. Mis pies se niegan a hacerlo.
Vuelve a acercarse.
—¿Vas a tirar por la borda la única motivación que mantiene a mi hermano vivo… solo por tu orgullo? —Baja tanto la voz que me veo inclinándome hacia él por instinto involuntario.
Pero al escucharlo, un escalofrío me recorre. La rabia me enciende, pero la culpa me aplasta. Me muerdo el labio con fuerza para no ceder.
—Eres un maldito.
Él sonríe, inclina la cabeza, como si hubiera ganado la partida. Me suelta el pelo y se yergue en toda su estatura.
—Y aun así, aquí estás. Conmigo.
Pienso que va a retroceder, que habiendo dejado claro su punto, lo dejará todo como está. Pero no sucede así. Su mano atrapa mi muñeca de forma repentina. Espero rudeza, pero el gesto es lento, medido, casi suave. Me obliga a mirarlo a los ojos.
—No te confundas, Georgia —susurra—. Por si no te ha quedado claro, no soy un santo. Lo que hago, lo hago porque puedo, porque quiero y porque me da la gana. Y, como plus interesante, porque tú me rogaste que te hiciera un hijo. ¿Eso es ser lo suficientemente maldito para ti?
Su otra mano sube por mi brazo hasta rozar mi cuello. Estoy tiesa con su toque. Congelada.
No aprieta, no me fuerza, pero la amenaza está ahí, latente. Mis pulmones se rebelan y respiro entrecortado.
—Sabes lo que quiero. Sabes lo que te provoca. Y también lo que te conviene. —Su boca se curva en una sonrisa cruel—. Lo niegues o no, tu cuerpo ya eligió. O no estarías aquí, queriendo más.
Cierro los ojos un instante, odiándome por temblar, odiándolo por disfrutar la manera en que mi cuerpo despierta con su cercanía, con el ácido provocador de sus palabras.
Lo necesito, sí. Pero también quiero arañarle la cara y dejarle marcada mi furia, para que vea que soy más que una mujer a la que le cobra un favor.
Él me suelta despacio. Me obligo a mantener el equilibrio, porque me deja con las piernas débiles.
—Vas a firmar —sentencia, como si fuera una verdad absoluta—. Y después hablaremos del resto.
Lo miro, irritada, impotente y furiosa.
—Esto no ha terminado. —Lo señalo con un dedo.
—Exacto. —Da un paso atrás, satisfecho, y regresa a la barra para servirse otro trago—. Apenas empieza.
El sonido del vidrio contra la madera es lo único que llena el silencio por unos segundos. El tintineo del líquido ámbar, que ahora quiero ver chorreando su cuerpo para al menos pensar que eso podría molestarle.
—Ven aquí.
Su orden es tajante, y tan repentina, que salto en el lugar. La furia de repente es sustituida por la prudencia. Camino con lentitud hasta llegar a su lado y estoy a medio paso, cuando su ancha mano me agarra de la cintura. Me pega a su duro pecho, con tanta fuerza, que me quedo sin aliento.
«O tal vez sea su rudeza la que me entrecorta la respiración».
Me mira desde arriba, mis manos se apoyan en su pecho para estabilizarme. Sus ojos oscurecidos están fijos en los míos. Me miran con algo que no reconozco. Hace una inspección de mi rostro, casi como si quisiera retratarme, fijar cada detalle en su memoria. Pero eso no es posible. Esto es solo para su disfrute. Para humillarme más, probablemente.
—De cerca tus ojos parecen más verdes que avellana. ¿Sabías?
Su declaración me deja con un nudo en la garganta. Totalmente inesperado.
Niego con la cabeza.
—¿Acaso Jameson no te observa con atención? ¿No te hace halagos así de... inesperados?
Trago en seco. Mi pecho sube y baja. Lo siento por todas partes.
La primera vez, ni siquiera me besó, no me tocó más de lo necesario para hacerme llegar al orgasmo. Fue solo follarme con ansias, con un deseo que me tomó desprevenida.
Ahora siento algo más. Y eso no me gusta.
—Ya me tiene como esposa, ya soy su mujer, ¿para qué perder el tiempo con piropos baratos?
Eso lo hace gruñir. Me pregunto por qué.
De repente, me rodea con ambas manos y me levanta en peso, sentándome sobre la barra, al lado de su vaso de whisky. Ahogo un grito porque no esperaba ese movimiento. Pero él no me da tiempo a reaccionar. Me abre las piernas. Levanta el vestido sencillo que llevo puesto y rompe con dedos toscos la frágil tela de mi ropa interior.
Un chillido de sorpresa se me escapa.
—¿Qué... qué haces?
Esperaba que me mandara al fondo de la suite, directo a la cama, para cogerme en cuatro, demostrando su punto, y luego largarse.
No estoy entendiendo nada ahora mismo.
—¿Quieres saber qué hago? —Me abre más las piernas. Sus dos manos se apoyan en mis muslos para mantenerme abierta para él—. Demostrarte que los piropos baratos en realidad te ponen caliente.
Para demostrar su punto, mete un grueso dedo en mi entrada empapada. Las mejillas se me calientan de solo sentir cómo el maldito tiene razón.
—Qué cruel es desear a la mujer de mi hermano, ¿no crees? —Se relame los labios con hambre, como un león que ya tiene prevista su siguiente presa—. Pero más cruel es tenerla abierta de piernas para mí y dispuesta a gritar mi nombre cuando la haga venir con mi lengua.
Me derrito. Me calienta. Todo dentro de mí se contrae y es evidente que su dedo lo nota.
Sonríe ladino y baja su cabeza. Tiemblo de pies a cabeza cuando lo veo mirándome desde abajo.
—No voy a gritar tu... nombre —logro decir a pesar de todo.
Ronan solo sonríe más.
—Inténtalo con todas tus fuerzas.